1º de Grado·Ética·Sócrates

Sócrates

[Para aproximarnos al pensamiento de Sócrates, la primera lectura que recomendamos es La apología De Sócrates, siempre en la edición de Gredos, que es la mejor traducción del griego antiguo. Asimismo, cualquier obra de Platón es recomendada, puesto que Sócrates no escribió nada, y todo lo recibimos por boca de su discípulo Platón.]

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La distinción más sustancial entre los sofistas y Sócrates está constituida por la visión que tienen de la tarea del filósofo y el maestro: para los sofistas es una actividad profesional utilitaria; para Sócrates es una misión sagrada e imperativo categórico. Sócrates encarna el concepto de la filosofía como misión religiosa y camino de purificación ya sostenido por los pitagóricos y por Parménides, pero acentuando aún más la obligación moral que incumbe al filósofo.

Esta purificación del alma está vinculada a la práctica cotidiana del examen de conciencia, que es un ejercicio continuo de conocimiento de sí mismo (el discurso sagrado pitagórico incitaba a sentir vergüenza ante sí mismo más que ante cualquier otra persona). Esto se resume en la frase “conócete a ti mismo”. Por eso, “la vida sin examen es indigna del hombre”, en tanto que el conocimiento de sí mismo constituye la esencia misma de la sabiduría y de la virtud. “Conócete a ti mismo” significa: adquiere conciencia de tu fin y de tus faltas reales; la primera de estas, la que impide toda enmienda espiritual, es la creencia de no tener faltas. Saber que no se sabe, ese es el primer resultado del examen, y es la primera sabiduría verdadera: la conciencia de la ignorancia.

LA REFUTACIÓN COMO PURIFICACIÓN Y ESTÍMULO PARA LA INVESTIGACIÓN. LA MAYÉUTICA.

Contra esta ignorancia tiene entonces que desarrollarse la refutación, parte inicial de la ironía socrática. La refutación tiene la misión de suscitar en los otros la conciencia de su ignorancia, encaminándolos así a una purificación espiritual de sus errores y faltas. No debe llegar a una conclusión positiva, sino a un resultado negativo que, sin embargo, es preparación y estímulo para una investigación reconstructiva.

Para Sócrates, la purificación y liberación de los espíritus es una exigencia religiosa: una misión sagrada que le había sido confiada por el Dios. Por eso, Sócrates considera el hecho de que se lo refute como un beneficio que recibe. Esta liberación no solo es un beneficio, sino una exigencia fundamental del método socrático; se trata de una purificación moral, al mismo tiempo que intelectual, por la cual el espíritu se halla puro y dispuesto para la verdadera actividad que le compete.

Aquel a quien se refuta no debe permanecer pasivo, sino que debe cooperar activamente en la refutación, etapa que el educador dirige más que efectúa. Así es como la refutación logra su mayor eficacia, quedando convertida en preparación necesaria y estímulo para la investigación.

La investigación resulta, para Sócrates, ejercicio de un poder congénito que ante todo tiene que ser liberado del obstáculo que le oponen los prejuicios y los errores a fin de que pueda dará a luz a su producto genuino: así, después de la refutación, se le presenta la segunda parte del método socrático, la mayéutica.

La misión del maestro no se cumple si las verdades no son conquistadas activamente por los discípulos mismos, si no son hijas de su espíritu y si ellos no las sienten como verdaderamente suyas. Solo así pueden tener la plenitud de su valor intelectual, moral, cognoscitivo y práctico. Pero la interrogación que el maestro ejerza debe ser verdadera, es decir, dirigida; la interrogación es en realidad un método de enseñanza y de instrucción, pero de una instrucción activa que se ejerce sin que lo parezca, como estímulo y guía disfrazada.

El método socrático de la mayéutica contiene en germen la convicción que Platón expresa en su teoría de la reminiscencia, cuyo verdadero significado es esencialmente activo, de facultad y esfuerzo de conquista, y no de mero vestigio pasivo de una inerte contemplación anterior.

LA CIENCIA Y LOS CONCEPTOS UNIVERSALES

Para Sócrates ese saber congénito que extrae la mayéutica no puede referirse al mundo físico que aprehendemos mediante los sentidos, sino a nuestro mundo interior humano o moral. Sócrates afirma una exigencia especialmente teórica y ético-religiosa: la posibilidad de la ciencia y su papel de purificación espiritual.

La ciencia tiene que ofrecer un carácter de universalidad, ser válida para todos, mientras que la experiencia sensible es relativa a cada sujeto individual y a su condición momentánea. En lo que respecta a las cosas humanas, en nuestra conciencia existen principios universales (conceptos, leyes) alcanzables por el examen, la reflexión y la discusión.

La investigación de Sócrates no versaba en lo mudable, sino en lo inmutable, es decir, lo universal, la esencia, lo que es objeto de ciencia. Aristóteles dijo: “Sócrates discutía solamente acerca de las cosas morales y no se interesaba en absoluto en la naturaleza; y en las cosas morales buscaba lo universal, pues fue el primero que tomó como objeto de su pensamiento las definiciones”.

La esencia, lo universal, es decir, lo que hay de común en las particularidades, representa la unidad de la especie: por eso se afirma vigorosamente en Sócrates la exigencia de unidad en el conocimiento verdadero. esta exigencia de universalidad se afirma en un doble sentido: con respecto a los sujetos y con respecto a los objetos de conocimiento.

En el logos individual los sofistas habían señalado el carácter de relatividad; Sócrates en cambio quiere encontrar la universalidad absoluta en la misma conciencia del sujeto, por medio de la posibilidad del acuerdo con las otras conciencias, es decir, mediante el ejercicio de la búsqueda en común. Esta búsqueda común sustituye el logos por el diálogo. “Nuestra concordancia nos dará la verdad perfecta”. La satisfacción de la exigencia heraclítea del logos común, según Sócrates, se puede alcanzar mediante el diálogo, esto es, mediante la cooperación, la solidaridad investigativa de los distinto sujetos, que en la coincidencia recíproca pueden encontrar lo subjetivo que es también objetivo, lo individual que es también universal. Junto a esta unidad subjetiva debe buscarse también la unidad objetiva: la unidad del concepto a través de la multiplicidad de las cosas y de los hechos. Esta doble unidad conjunta es lo que busca la ciencia.

Así se perfila el camino de la ciencia en el paso de la multiplicidad de los particulares a la unidad de lo universal por la inducción, y en la determinación exacta de ese universal por la definición, los dos métodos del método científico, cuyo mérito Aristóteles declara que corresponde a Sócrates.

Al declarar que el conocimiento verdadero o ciencia ha de constituirse mediante los universales (conceptos), Sócrates implica ya en su gnoseología la tendencia a una ontología idealista. El método de investigación de Sócrates representa un encaminamiento a la doctrina ontológica de Platón. En Sócrates aparece implícita cierta afirmación de una realidad objetiva de ideas, cuya existencia y fuerza los hombres tienen que reconocer, referente a las ideas éticas y especialmente con respecto a la fundamental, la idea del Bien.

CIENCIA Y VIRTUD, IGNORANCIA Y PECADO. LA UNIDAD DE LAS VIRTUDES.

Según Sócrates, las idea del bien no debe interpretarse como objeto de pura contemplación intelectual, sino como objeto de una íntima adhesión espiritual, objeto de amor y voluntad activa: su conocimiento se convierte en fuerza rectora y motriz de la actividad espiritual y práctica humana. La ciencia es virtud.

Ciencia significa para Sócrates dominio de sí mismo, no solo pura contemplación sino también acción. el conocimiento de la verdad resulta verdadero en tanto se convierte en convicción que implica una tendencia activa y la determina, es decir, desarrolla un carácter de impulso motor y rector de la acción práctica. Sócrates es quien primero asevera esta ley interior, para la cual probablemente introdujo en el idioma de Atenas la nueva palabra eukráteia, que significa autodominio y lleva consigo implícito un nuevo concepto de libertad interior.

Los sabios no solo lo son en intelecto, sino en la vida integral del espíritu. La ciencia es una cosa bella, capaz de dominar al hombre de manera que, si uno sabe qué es el bien y qué es el mal, no puede ser vencido por nada ni obrar de manera distinta de como manda la ciencia, sino que la sola sabiduría basta para ayudar al hombre. Esta ciencia o sabiduría de que habla Sócrates no es puro conocimiento separado de la energía vital del carácter, sino todo un hábito o forma espiritual que conforma y gobierna la vida íntegra.

A esta razón que rige la ciencia Sócrates la llamó phrónesis. El conocimiento del bien que Sócrates descubre en la base de todas y de cada una de las llamadas virtudes humanas no es una operación de la inteligencia, sino que es la expresión consciente de un ser interior del hombre. El error y la culpa pueden considerarse una carencia de ciencia o sabiduría, es decir, una ignorancia; la culpa está en la ignorancia, en tanto implica y representa una mala orientación espiritual.

La concepción socrática consiste en la unidad de inteligencia y voluntad, que muestra el carácter activo, no contemplativo, de la sabiduría. Como dice Sócrates, “sabiduría es vencerse a sí mismo”. Nada de esto es ética intelectualista, sino reconocimiento de una lucha interior entre dos fuerzas opuestas (interiores ambas, pero vinculadas la una a bienes exteriores que no dependen de nosotros, la otra a su propia ley interna): el yo inferior de las pasiones y de los deseos irracionales, y el yo superior de la temperancia y el autodominio, que es condición no sólo de la inteligencia sino también de la voluntad.

Sócrates distingue tres clases de espíritus en relación con la posibilidad de adquirir sabiduría: una disposición absolutamente negativa; otra neutra, que representa una falta de interés; y una disposición favorable que significa una atracción espontánea, una simpatía recíproca entre maestro y discípulo que constituye una fecunda condición comunicativa.

No se puede hablar de inteligencia sino en el sentido de un hábito, unitario y sistemático, del espíritu íntegro. Sócrates repudia la separación de mente y voluntad, afirmar esa separación nos lleva a consecuencias absurdas. De este concepto unitario de la orientación intelectual y moral del espíritu deriva también el concepto unitario de la virtud, es decir, la unidad indivisible y la identidad de todas las virtudes.

En conclusión, para Sócrates la virtud se identifica con la sabiduría en cuanto es capacidad de autodominio, no momentánea u ocasional, sino metódica y constante, hábito unitario del espíritu que se conquista solo mediante el esfuerzo perseverante y continuo de la inteligencia y de la voluntad unidas en un nexo recíproco e inseparable. Esforzarse en conseguir la sabiduría significa “tener cuidado y preocupación del alma para hacerla mejor” intelectual y moralmente, por un proceso de purificación y perfeccionamiento.

EL EUDEMONISMO SOCRÁTICO: NO UTILITARISMO, SINO ÉTICA DEL AMOR Y DEL DEBER.

El concepto socrático de la virtud es típicamente griego: identifica virtud y felicidad en la fórmula característica eu práttein, que significa al mismo tiempo “obrar bien” y “estar bien”. Por ello la ética socrática ha sido denominada como un “eudemonismo”.

Al procurar la purificación y el perfeccionamiento del alma, la sabiduría produce, según Sócrates, un acercamiento al estado divino: el sabio crea en sí mismo una fuente de satisfacción espiritual independiente del exterior, y así alcanza un estado de beatitud. Esta condición de autonomía es radicalmente opuesta a la denominada “suerte feliz”, que a Sócrates le parece indigna del hombre porque significa una dependencia total con respecto a las cosas exteriores. En esta distinción entre la buena suerte y el obrar bien se encuentra un punto de capital importancia para la comprensión de la moral socrática.

Algunos historiadores han interpretado la ética de Sócrates como un utilitarismo. Para Sócrates, quien posee y emplea la ciencia es el sabio, cuya característica reside en el hecho de que ha “colocado en sí mismo cuanto lleva a la felicidad”, es decir, tiene una autonomía que lo libera de toda dependencia respecto a las cosas exteriores. Ahora bien, el utilitarismo tiene una característica opuesta a esta autonomía, porque en la búsqueda de lo útil el hombre debe reconocer siempre su dependencia de las condiciones exteriores y de las consecuencias de cada acción, es decir, siempre tiene que centrar en el mundo exterior su criterio de bien obrar y la fuente del bienestar, en vez de preocuparse por la intimidad de su alma.

El afán por los placeres destruye su mismo goce, en tanto que solo la superación o independencia espiritual ante ellos permite disfrutarlos cuando se presentan. Ese afán resulta para el espíritu una esclavitud, que lo aleja del mayor de los bienes (la sabiduría). Es lícito disfrutar el goce cuando se nos ofrece sin que lo busquemos; pero convertirlo en anhelo esencial, en inspiración y guía de nuestras acciones significa esclavizar el alma a bienes exteriores, entraña una pérdida de libertad espiritual. El continuo afán de placeres destruye su mismo goce, retenido en cambio por el espíritu que es libre de toda preocupación utilitaria, y que por ello puede gustar con serenidad el placer cuando éste se le ofrece ocasionalmente y sin haberlo buscado.

Sócrates levanta, frente a los afanes hedonistas y utilitarios, su ideal del bien como purificación y perfeccionamiento del propio espíritu y del ajeno.

No se puede expresar más claramente la antítesis entre el hedonismo utilitario y la moral socrática: la renuncia a toda utilidad constituye para Sócrates una participación en la beatitud divina, que llena toda su vida por la conciencia de convertirse en mejor a sí mismo y en convertir a cada uno de sus amigos, mediante la purificación espiritual. Esta purificación le otorga, no solo la satisfacción actual inmediata, sino también la esperanza de un beneficio perpetuo en la vida eterna y divina después de la muerte.

Esta misión desinteresada es todo un ejercicio continuo de amor, única ciencia que Sócrates se jacta de poseer, mientras proclama su ignorancia en cualquier otro dominio. El amor no halla su fuente en el interés o esperanza de recompensa o retribución: tiene valor en sí mismo y por sí mismo. La bondad, pues, no necesita premio, sino que es premio y remuneración para sí misma en cuanto conciencia de cumplimiento del propio deber; la felicidad del hombre bueno no nace de las consecuencias útiles que puedan derivar de su virtud, sino del ejercicio mismo de la virtud.

Cada obra mala empeora no solo a quien la padece, sino también al que la realiza, pues equivale a un perjuicio que ocasiona a su propio espíritu. El vicio del alma es el peor de todos los males, y no es vergüenza ser objeto de injusticia, sino cometerla; de hecho, es preferible ser objeto de ella a cometerla: lo que importa no es vivir, sino vivir bien, y por ello, hacerse culpable de injusticia es peor que la muerte.

EL ALMA Y SU INMORTALIDAD. LA INSPIRACIÓN RELIGIOSA DE SÓCRATES.

La serenidad con que Sócrates enfrenta la muerte se explica por su espíritu religioso y por su concepto de la vida como camino de purificación del alma; la vida puede entenderse sólo como preparación y tránsito hacia otra vida ulterior, inmortal y eterna de acuerdo con la naturaleza divina atribuida al alma.

Así aparece la esperanza de un beneficio perpetuo, que constituye para Sócrates un motivo de alegría y un impulso para ese esfuerzo constante de perfeccionamiento que se le presenta por encima de la satisfacción actual que la conciencia del deber cumplido proporciona.

Según Sócrates, o bien la muerte es un anonadamiento de la conciencia y en ese caso no hay nada que temer, o es un paso a otra vida, según las tradiciones transmitidas por poetas como Homero, o por creencias religiosas como las eleusinas y las órficas. Entre las dos hipótesis, Sócrates muestra una evidente preferencia por la segunda y la aplica a su caso personal, recordando que en el Hades hay verdaderos jueves que rectificarán la injusticia por él padecida ante el tribunal de los hombres; y allí tendrá la gran ventaja de ser inmortal y de encontrarse con las almas de los héroes y los sabios.

Tiene dudas, pero son acerca de las concepciones escatológicas de los mitos y no tocan un punto que Sócrates afirma dogmáticamente como verdad indudable: al hombre de bien no le sucede nada malo ni en la vida ni después de la muerte porque los dioses no se desinteresan por su destino.

El alma y la inteligencia del hombre son lo que ya eran para Epicarmo y para Anaxágoras, “Dios en nosotros”, de modo que Sócrates vincula la existencia de ellas en el hombre a la existencia de una mente divina universal. Dios, que es invisible por sí mismo, resulta cognoscible al hombre por el testimonio interior de su alma y de su inteligencia y, además, por el testimonio exterior del orden del mundo y de la finalidad que domina en todas las cosas, y especialmente de la vida, que parece obra de la providencia.

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