1º de Grado·Antropología·Ortega y Gasset

Prólogo y Epílogo de “La rebelión de las masas”

PRÓLOGO PARA FRANCESES

Tras una pequeña introducción, Ortega menciona la manía moderna de olvidar el receptor al hablar, como si se hablara a La Humanidad en su conjunto, a una abstracción en lugar de a un grupo concreto de personas. Critica la presencia de estas abstracciones, tomándolas como reflejo concreto de lo que le está sucediendo a Occidente.

El hecho previamente mencionado es síntoma de otra cosa: de la pavorosa homogeneidad de situaciones que va cayendo en todo occidente. “Apenas hay lugar en el continente donde no acontezca estrictamente lo mismo”. Pero a la hora de hablar de Europa, y antes de profundizar en este proceso de homogeneización, hay que distinguir dos dimensiones diferentes y de valor contrapuesto.

Los pueblos occidentales se han caracterizado siempre por una forma dual de vida. Conforme cada uno iba formando su genio particular, entre ellos se iba creando un repertorio común de ideas, maneras y entusiasmos, y este destino les hacía, a la vez, homogéneos y particulares: cada nuevo principio uniforme fertilizaba la diversificación. Para los pueblos europeos, vivir ha sido siempre moverse y actuar en un espacio o ámbito común.

Aquí Ortega distingue entre convivencia y sociedad, que avisa, no son sinónimos. Sociedad es lo que se produce automáticamente por el simple hecho de la convivencia. Critica el error moderno de confundir sociedad con asociación, que son contrarias. Una sociedad no se constituye por acuerdo de las voluntades; al revés, todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no es más que precisar una u otra forma de convivencia. El derecho, por ejemplo, surge de la sociedad, y pretender que el derecho rija las relaciones entre seres que previamente no conviven es confundir lo que el derecho es.

Por tanto, la unidad de Europa no es un ideal, sino un hecho de muy vieja cotidianidad. Esta unidad formada a partir de los distintos modos europeos es el mayor tesoro de Occidente.

Ortega avisa de una forma de homogeneidad que amenaza consumir ese tesoro por completo. Observa el surgimiento del hombre-masa, un tipo de hombre hecho deprisa, montado sobre unas pocas abstracciones, y que es idéntico de un cabo de Europa al otro.

Este hombre-masa que puebla Occidente se caracteriza por estar vaciado de su propia historia, y por ser de este modo susceptible a las abstracciones. Carece de yo y puede aparentar ser cualquier cosa; tiene solo apetitos, cree que tiene solo derechos y no cree que tiene obligaciones. No tiene un auténtico quehacer, no siente que existe sobre el planeta para hacer algo determinado e incanjeable.

Reivindica las doctrinas como casos excepcionales (y positivos) de responsabilidad intelectual, pero no refiriéndose a los compromisos o las doctrinas cercanas al racionalismo abstracto, sino a los que descubren y defienden lo histórico como el verdadero absoluto. “La historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha llegado a hacer tal y como es”. Pero en Europa esta historia, caracterizada por esa dualidad entre unidad y pluralidad, está perdiendo su esencia, que es la variedad de situaciones, o lo que es lo mismo se está homogeneizando.

Ortega menciona los cambios en el lenguaje como uno de los síntomas de esta homogeneización, concretamente, la simplificación del mecanismo gramatical de la lengua, una lengua “pueril, que no permite la fina arista del razonamiento ni líricos tornasoles”.

Cuando se refiere a la situación actual de crisis, Ortega se cuida de decir que el asunto que trata no es político, sino que “es previo a la política y pertenece a su subsuelo”. Diferencia entre los intelectuales, cuya labor suele ser aclarar un poco las cosas, mientras que los políticos suelen confundirlas más aún.

El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, se identifica con la homogeneización. La masa ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro de sí más que política, que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la sabiduría; las únicas cosas que realmente son aptas para ocupar el centro de la mente humana.

Ante todo esto surge la pregunta de si se puede corregir el tipo de hombre que está extendiéndose, si se puede despertar en la masa la vida personal que le es propia al hombre. Ortega avisa de que, al contrario de lo que pueda pensar el “progresismo”, la individualidad y holgura del hombre no crecen con el progreso, sino que muchas veces en la historia ha retrocedido.

Se reformula la pregunta: ¿puede un hombre hoy día formarse un proyecto de vida con figura individual, le será permitido por la sociedad y el prójimo? Ortega opta por pensar que, en la mayoría de los casos, caerá por el desánimo y se integrará en la vida estándar.

Para salir de esto, ahora dispuesto a dar un mínimo esbozo de propuestas en positivo, Ortega menciona que los caminos “no parecen pasar por una miserable socialización” sino por “un magnánimo solidarismo”. Además, dice que el primer paso para mejorar la situación presente es hacerse cargo de su enorme dificultad, para poder atacar el mal en los estratos hondos donde verdaderamente se origina. La conciencia del estrato antropológico al que afecta la crisis, y no solo político o económico, es crucial.

Por último, Ortega critica las revoluciones, dado que en ellas intenta la abstracción sublevarse contra lo concreto, por eso a las revoluciones les es consustancial el fracaso. Los problemas humanos no son abstractos, sino concretos, principalmente históricos, y el único método de pensamiento válido en este caso es la “razón histórica”, en oposición a la razón cartesiana o matemático-lógica, que no es aplicable a los asuntos humanos. Así mismo, es importante la memoria en el hombre, que le permite conocerse a sí mismo, y no repetir los errores ya cometidos.

EPÍLOGO PARA INGLESES

Ortega hace referencia a las peculiaridades del carácter nacional inglés, dado que el epílogo va dirigido a los ingleses, y menciona que éste carácter no es preformado, sino una construcción histórica. La originalidad del carácter inglés radica en su manera de tomar el lado social o colectivo de la vida humana.

Plantea el tema del epílogo, que es “la incomprensión mutua en la que han caído los pueblos de Occidente”, y tratará de hallar sus raíces. Menciona como hecho importante el que unos pueblos se hagan jueces de los otros, despreciando las diferencias culturales de otros solo por que son económica o bélicamente inferiores. Explica la diferencia entre el actual “internacionalismo”, que pretende anular las diferencias, y el antiguo cosmopolitismo, que amaba las diferencias y la integraba. Introduce el que será un problema clave: el error del pacifismo.

Se habla del pacifismo actual como una clase de pacifismo. Una de sus características es haber subestimado a la guerra, no haber entendido que la guerra es sobre todo un esfuerzo que hacen los hombres para resolver conflictos, que es una “formidable técnica de vida y para la vida”.

El error del pacifismo es pensar que para vencer a la guerra basta con extirparla, es decir, dejar de practicarla; no se le ocurre que quizá la solución pase por sustituir la guerra por otro mecanismo de solución de conflictos. Pero no hay que interpretar la paz como un vacío, un hueco que deja la guerra cuando no está, sino como un esfuerzo constructivo. El desarme es mera omisión de la guerra, la construcción de una paz pasa por el establecimiento de un derecho, que también tiene que ser construido por los pueblos. Hasta que no exista un derecho común que vertebre a los pueblos, no se puede pretender acabar con las guerras.

Aquí Ortega menciona a la Sociedad de Naciones como ejemplo histórico de lo que no hay que hacer, definiéndola como “un gigantesco aparato jurídico creado para un derecho inexistente”, es decir, un aparato de ejecución jurídica que no tenía sistema de reglas o pautas sobre las que actuar, y que por tanto ejerció a tientas la diplomacia hasta que cayó en el descrédito.

El derecho o técnica jurídica que se plantea es de difícil creación. El derecho tiene que ser entendido como algo inmerso en la historia, y la historia, en lo que al derecho le concierne, no es más que el cambio en el reparto del poder sobre la tierra. El hombre necesita un derecho dinámico que se adapte a la continua metamorfosis de la historia; Ortega pone como ejemplo de derecho flexible la British Commonwealth.

Pero un pacto social no crea una sociedad, sino una mera asociación. Y la asociación no puede nacer como realidad jurídica si no lo hace en un lugar donde previamente exista ya un derecho civil. El área donde todo esto surge no es otro pacto, sino una sociedad preexistente, creada a partir de la convivencia. Esta convivencia existe en Europa, y su continuidad saludable pasa porque se establezca como sociedad. Pero esta unidad de Europa no se plantea como un ideal, sino como algo que Europa ha sido históricamente desde la caída del imperio Romano.

La sociedad se caracteriza por compartir unas vigencias comunes, las vigencias de cierta concepción del mundo. En el pasado, Europa tenía estas vigencias. Para conservar la paz, es decir, para actuar con el correcto pacifismo que construya un modo de convivencia, hay que preguntarse qué sucede, por qué se han perdido las vigencias colectivas. “Europa está hoy desocializada, o lo que es igual, faltan principios de convivencia que sean vigentes y a que quepa recurrir”. El pacifista debe hacerse cargo de que se encuentra en un mundo en el que faltan estas vigencias, que son los requisitos principales para la paz; los pueblos europeos se han distanciado moralmente porque han perdido los principios comunes que les permitían entenderse.

Paralelo y contrario a este alejamiento moral se ha dado un acercamiento en la comunicación, mediante los avances en transporte, que ha creado la ilusión a unos pueblos de estar “en” los otros. Esto supone algo muy negativo: genera opinión pública en unos países acerca de los otros (opinión pública que influye), sin garantizar la responsabilidad de los primeros a estar bien informados sobre el tema o país a tratar. Los pueblos son algo personal e íntimo que difícilmente se entienden desde fuera. A esto se suma la falta de compromiso y responsabilidad por parte de la mayoría de los intelectuales europeos.

Europa no se plantea como internación, esto es, como nexo entre naciones, sino como ultranación: debe tener las características comunes que definen a una nación, pero englobando todas las naciones que contiene.

[Apuntes tomados directamente del libro “La rebelión de las masas”, de José Ortega y Gasset.]

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