1º de Grado·Aristóteles·Kant·Leibniz·Ontología

Explica la noción aristotélica de principio y compárala con la noción de razón en Leibniz y en Kant

La gran semejanza entre Aristóteles y Leibniz y Kant es que ambos entendían la validez del ente como una validez del enunciado, aunque en el primigenio caso de Aristóteles, esta equivalencia se dio con algunos matices. Veamos primero la noción de principio en Aristóteles y su relación con el ente, y pasemos después a compararlo con Leibniz y Kant.

Aristóteles estableció varios principios: los principios del conocimiento, los principios del cambio, y los primeros principios. En el caso que nos ocupa, hablaremos de “principio” refiriéndonos a los “primeros principios” o “causas primeras de todas las cosas”. Este principio, perteneciente a la ontología, se define también como “el estudio del ente en cuanto ente”.

Mediante esta noción de principio, Aristóteles intenta pensar el ser alejado de lo ente, es decir, establecer unas condiciones de posibilidad de lo ente pero sin recurrir a lo ente para la definición o establecimiento de estas condiciones. Para Aristóteles el aspecto lógico de los principios presupone el metafísico, dado que las leyes del pensamiento son para él las leyes del ser. Partiendo de esta base, el principio ontológico básico de Aristóteles es el principio de no-contradicción (principio de identidad), que es un principio lógico que afirma que “es imposible ser y no ser al mismo tiempo”, y que, en su aspecto ontológico, es igual a decir “todo ente es él mismo”. Mediante este principio lógico, se afirma la identidad separada de cada ente, es decir, la pluralidad y la constitución del ámbito óntico de la realidad.

Del mismo modo, Leibniz asumió en la base de su ontología el principio de no-contradicción, considerándolo fundamento exclusivo de las verdades de razón. A partir de este axioma lógico, se elaboran las relaciones entre formas (conceptos), que, según Leibniz, forman todo lo que es, teniendo como fundamento último el principio de identidad, A=A.

Aunque esto pueda parecer una semejanza en un primer momento, en el sentido en que ambos Aristóteles y Leibniz tienen como pilar de su sistema ontológico el enunciado lógico básico, es necesario hacer algunas distinciones. En el caso de Aristóteles, el principio de no-contradicción no es más que el uso de la razón para confirmar la identidad de los entes y, por tanto, su pluralidad, es decir, no es más que el postulado de un axioma racional para conseguir demostrar la validez de lo múltiple y, por tanto, de la observación empírica y el contacto directo con los entes. En Leibniz, sin embargo, el principio de no-contradicción se plantea como base racional última, a la que pueden ser reducidos todos los demás juicios, a partir de la cual surge, no la pluralidad, como en Aristóteles, sino un entramado de estructuras lógicas entre formas y relaciones que, de poder ser completa (calculus universalis) conformarían la totalidad del ser, pero que en su dimensión terrena, son constructoras de lo ente.

La noción de principio o causa primera de Aristóteles, referida al estudio del ente en cuanto ente, es la pregunta moderna por el ser. Con su noción de principio, Aristóteles trata de encontrar una causa del ente que no sea a su vez un ente; si algo es definitorio de la causa primera de Aristóteles es que no puede ser ontificada, debe ser algo más.

En este mismo terreno se mueve Kant, para el que es de vital importancia la diferencia entre el terreno ontológico y en óntico. Kant designa con la palabra “finitud” el hecho de que las condiciones de posibilidad no determinan en manera alguna el contenido del ente, puesto que pertenecen a lo ontológico; es más bien que los entes son entes porque encajan dentro de las condiciones de posibilidad. No es tanto una relación entre los dos ámbitos sino que las condiciones de posibilidad son aquello que tiene que tener un ente para ser un ente, o dicho de otro modo, aquello que todos los entes tienen en común.

Salvada en ambos Kant y Aristóteles, al menos según su propio parecer, la separación necesaria y absoluta entre el ámbito ontológico y el óntico, quizá cupiera preguntarse si esta ontificación no tiene realmente lugar. Por ejemplo, en ambos dos, los principios o condiciones trascendentales están nominalizadas. Si esta nominalización se considera ontificación, por tanto, se anula la separación entre los ámbitos. Si, por el contrario, la nominalización hace referencia únicamente a formas no ónticas, podría realmente darse un ámbito ontológico, aunque también podría objetarse que dichos juicios no son más que ideas vacías, sin ningún referente real y, por tanto, no válidas.

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