Aristóteles·Economía·Kant·Karl Marx

Dios y el problema del mal

 

Crítica del programa panteísta

(1) El problema de tomar por obras de la razón las obras de la historia[i]: Immanuel Kant: El “mal radical”[ii]

(2) El problema de tomar por obras de la historia lo que son obras del hombre: Karl Polanyi: El fracaso del capitalismo para constituir una sociedad[iii]; Naomi Klein: La “doctrina de schok”[iv]; Bruselas: Las “leyes de extranjería”[v]

 

 

Crítica a la solución del problema del panteísmo: la imposibilidad de una teodicea

Immanuel Kant: El fracaso de la razón en la teodicea[vi]; Karl Marx y Henrich Heine: El fracaso de la “revolución especulativa”[vii]

 

 

Solución al problema del panteísmo (salvar la bondad de Dios): la “teodicea” (justificación de Dios)[viii]

 

 

Revisión de la solución hegeliana al problema de la teodicea

G. W. F. Hegel: la “astucia de la razón”[ix]

Tradición liberal: la “mano invisible”[x]

 

A. Hitler, B. Mussolini: la “nación”[xi]

 

 

PANTEÍSMO

(Racionalidad de Dios)

G. W. F. Hegel: el “Espíritu Absoluto”[xii]

El judaísmo: la “soledad de Dios”[xiii]

 

GEOMETRÍA[xiv]

(Historia de la humanidad)

(Ámbito del conocimiento)

 

 

POESÍA[xv]

(Historia de los pueblos)

(Ámbito del reconocimiento)

 

TEÍSMO

(Irracionalidad de Dios)

C. K. Chesterton: el “Libro de Job”[xvi]

I. Kant: el “Poema de la razón”[xvii]

F. W. J. Schelling: el “Amor”[xviii]

Solución al problema del teísmo (el de halla “mecanismos de mediación”)[xix]

La Revolución  Francesa: la “asamblea constituyente”[xx]

Críticas a la solución del problema del teísmo

(El problema de la impotencia)[xxi]

 

Joseph De Maestre: La “impotencia de la razón”[xxii]

Carl Schmitt: La “nada social” y “el nihilismo”[xxiii]

El “derecho al exterminio”[xxiv]

 

Crítica a la crítica de la solución del problema del teísmo

(El problema de confundir las obras de la impotencia de la razón con obras de la razón)[xxv]

Hanna Arendt: el “racismo”[xxvi] y el “derecho a tener derechos”[xxvii]

Günther Anders: el “desnivel prometeico”[xxviii]

J. P. Sartre: la “elección del mundo”

Teología de la liberación: el “pecado estructural”[xxix]


[i]

Con terrorismo o sin él, el mercado parece haber triunfado ahí donde la instancia política ilustrada no hacía más que fracasar. La sociedad de mercado capitalista se presenta como una obra de la razón perfectamente realizada. El lugar de cualquier otro parece haberse instaurado gracias al capitalismo: el orden económico internacional nos reclama, en efecto, en tanto que sujetos desujetados de toda identidad cultural.

La paradoja más grave que atraviesa la sociedad moderna reside en que, pretendiéndose edificada desde el Derecho, tomando como base los Derechos del Hombre y sus exigencias de universalidad, y levantándose, en efecto, sobre un plano mercantil en el que estas exigencias parecen haberse efectivamente encarnado (un plano en el que se producen efectivamente hombres desnudos en la medida misma en que se impone a universalidad del capital y la proletarización de la población), sin embargo, los destinos de lo cuerpos políticos y sociales, y la posibilidad misma de constituirlos, discurre enteramente por otros cauces distintos de los que dicta el Derecho. Al pretenderse encarnada en un estado de Derecho, la razón no hace otra cosa que celebrar como obra suya lo que, en realidad, le ha regalado el Mercado. La impotencia de lo político nunca ha venido tan acompañada como hoy de la convicción de su efectivo reinado.

Lo más devastador y peligroso políticamente es el empeño en afirmar la coincidencia entre razón y realidad ahí donde no es posible ningún ejercicio eficaz de la razón. Un mundo sin razón que pretende tenerla es mucho más grave que un mundo que sencillamente no razone. Más grave aún que una vida sin filosofía, sin ilustración, es pretender tener razón cuando no se tiene y más grave aún pretender tenerla al funcionar en un mundo que contradice constantemente todas las exigencias de la razón.

[ii]

Eso que los liberales llaman “Estado de Derecho”, que no es sino el espejismo de la fortuita coincidencia entre razón y realidad que se da en las sociedades desarrolladas, es para Kant el “Mal radical”, que consiste en confundir una voluntad buena con una voluntad que, por azar, no tiene más remedio que ser buena, en la propensión a confundir el bien con la situación en la que, por azar, sale más rentable ser bueno, es decir, en tomar como una obra de la razón lo que no es más que una fortuita coincidencia con el Derecho, en tomar la coincidencia entre razón y realidad, que en los países desarrollados no más que un regalo de la historia, por una obra de la razón. En este sentido, el “Mal radical” kantiano se parece mucho a la “astucia de la razón” hegeliana.

[iii]

El mercado no sólo no era capaz de constituir ninguna sociedad, si no que más bien se muestra incompatible con toda sociedad posible. La fórmula sociedad de mercado es una insensata utopía liberal y nuestra famosa aldea global no tiene nada de aldea. La sociedad no sobrevivió (cuando sobrevivió) a los sueños del liberalismo económico más que a base de tomar precauciones y defenderse con medidas proteccionistas estatales y sindicales. El mercado no constituyó ninguna sociedad, sino que más bien siguió habiendo sociedad ahí donde había recursos para protegerse de él. Mientras tanto, en el océano mercantil parecía haberse efectivamente encarnado el hombre abstracto de la declaración de los derechos humanos. La ilustración pedía hombres, y la historia entregaba proletarios

[iv]

Fue, sin duda, necesario un cierto terrorismo para lograr que el mercado funcionara a lo largo y ancho del planeta, de forma mucho más eficaz que la iglesia católica, regulando las relaciones entre hombres abstractos que, sin embargo, seguían siendo de carne y hueso. La doctrina del schock.

[v]

El Estado de Derecho sólo puede regir en las sociedades depositarias de esta feliz casualidad. Que en las sociedades subdesarrolladas no rige ni puede regir el Derecho es fácil de comprobar desde el momento en que constamos el factum de la existencia de dos tipos de personas: (1) quienes, concediéndoles todas las libertades de Derecho prefieren quedarse como están (amurallarse), y (2) quienes, concediéndoles tales libertades prefieren  cambiar. Si se concedieran las mismas libertades formales a los belgas y a los senegaleses Bélgica no estaría en estado de derecho. Por tanto, lo que garantiza que Bélgica esté en estado de Derecho no es su excelente constitución, sino la ley de extranjería, es decir, una excepción del derecho. Confundir obras del tiempo con obras de la razón. Resulta que la única verdadera obra del derecho es la ley de extranjería, pero es contraria a la idea de república cosmopolita. Artificio mediante el cual proteges ese portal de Belén privilegiado en el que casualmente te ha colocado la historia. permitirnos el luego de obrar conforme al derecho porque sale más rentable obedecer que desobedecer. La verdadera teodicea de nuestro sentido común europeo: el desarrollo trae la coincidencia de derecho y realidad, el estado ha de liberalizar el desarrollo, no intervenir (quitar ese tipo de intervenciones que son la seguridad social) excepto en la ley de extranjería. El derecho lo trae el privilegio histórico. Ahí no hay coincidencia entre derecho y realidad sino unos “jetas” que defienden sus privilegios históricos con algo  que llaman derecho. El derecho no les vale más que para subir la valla de melilla. Como nuestra sociedad, en estado de derecho o h sido ni obra de la razón ni e la ley, es inútil extenderla a base de leyes y de razones. Si nos permitimos el lujo de predicar libertad y democracia en el desierto, lo que efectivamente se hace es cerrar fronteras, edificar murallas y fortalezas en la que conservar inmaculada nuestra feliz coincidencia con el derecho.

[vi]

Desenlace de el pleito llevado al tribunal de la Filosofía: toda teodicea que se ha presentada hasta ahora no cumple lo que promete; a saber, justificar la sabiduría moral en el gobierno del mundo frente a las dudas que se han suscitado contra ella  partir de lo que la experiencia de este mundo da a conocer.  Todo lo que tiene que ver con el uso teórico de la razón patina en la teodicea. La teodicea no es tanto un asunto de ciencia como de fe.

[vii]

Heine y Marx tratan de explicar a los franceses la situación política en Alemania. Lo que pasa en Alemania es que no pasa nada: por lo menos en Francia se ha cortado la cabeza a un rey, pero en Alemania el rey todavía tiene la corona sobre la cabeza. El pueblo espera una revolución que no llega mientras los intelectuales piensan que han hecho la revolución en la universidad. En cierto modo, los alemanes pueden decir que han hecho algo más grande: han cortado la cabeza a Dios (Kant), mientras que en Francia sólo han podido matar a un rey (Robespierre). Pero, a juicio de Marx, en realidad la entre franceses y alemanes se reduce a lo siguiente: los primeros han cortado la cabeza a algo que existe mientras que los segundos han cortado la cabeza a algo que no existe. Los alemanes, que piensan que han hecho una verdadera revolución en la universidad, son incapaces de revolucionar nada. De este modo, marx diagnostica que el sobredesarrollo ideológico alemán tenía su clave en una impotencia histórica.

Sin embargo, Heine se teme lo peor del modo en como Alemania estaba arreglando las cuentas con respecto al tema de la impotencia de la razón; frente a la Revolución francesa, la Revolución alemana (supuestamente no violenta) acabará siendo mucho más sangrienta que aquélla. Los alemanes no se conforman con una democracia de tenderos, de burgueses, de descamisados, a la francesa (democracia materialista que impone a la realidad las exigencias del deber ser), sino que quieren un “democracia de dioses terrestres”. Para lo alemanes el razonar de un pueblo es el obrar de la historia, y en Alemania la razón triunfa con toda la fuerza de la historia: Alemania no necesita la guillotina para costar los cachitos de realidad que sobran tras el paso de lo lógico.

[viii]

El problema radical de la filosofía alemana es el de la teodicea, es decir, el de pensar un panteísmo en el que el mal y el dolor no sean pensados como argumentos contra la divinidad. La clave será dejar que la historia resuelva lo que Leibniz planteó pero no supo resolver. La razón la tiene la historia porque la única instancia capaz de poner en contexto todos los puntos de vista (que fuera de su contexto son parciales), la única instancia capaz de pensar el pensamiento, de pensarse a sí misma (Dios es pensamiento que se piensa a sí mismo). el problema general de todos los sistemas filosóficos se resume en pensar el tipo de unidad que forman Dios y el mundo. La totalidad es redonda porque no puede tener ni manos, ni pies, ni ojos, ni nariz, etc., porque no puede tener nada que tocar, ningún sitio a donde ir, nada que ver, nada que oler, etc. porque entonces ya no sería la totalidad (Platón). Por tanto, la totalidad tiene un problema a la hora de relacionarse con el mundo. Este es el problema de la Creación: cuando a Dios le da por crear un mundo, esto es, una cosa que no es la totalidad ni puede dejar de serla so pena de que la totalidad deje de ser lo que es. No se entiende porqué la totalidad se hace acompañar de otra cosa, ¡por qué le sale una nariz! Lo real es el sistema completo de la historia universal. Los hombres son instrumentos en manos de la providencia. El mundo no le añade nada a dios, a la totalidad que decide hacerse acompañar de otra cosa. Resolver el absurdo de por qué dios crea el mundo y con él el mal. Un panteísmo capaz de rebatir a Kant. Nada de dioses personales para empezar a filosofar hay que ser primero spinozista, hay que tener la sensación de un todo. La filosofía es el negocio de la determinación, hay que encontrar un dios que sea capaz de ser todas las determinaciones, y no uno que lo sea todo a fuerza de ser abstracto, noche en la que todos los gatos son pardos. Un absoluto determinado que abarque los absurdos pero que no esté loco como el Dios de Job. A continuación se recogen distintas formas de resolver el problema de la teodicea.

[ix]

Tras el idealismo alemán la razón deja de ser una exigencia vertida en la realidad para convertirse en una cosa entre las cosas, que se pretende universal y racional, y a la que no cabe sino dejar obrar, por los procedimientos que sea, para que ella misma sea capaz de demostrar sus pretensiones. El curso de la razón trabaja sordamente en las obras de la razón y a su vez las obras de la razón dependen de que se dejara transcurrir la realidad a sus anchas. El trabajo del concepto no es sólo el trabajo del cocimiento sino el trabajo de lo real. Desde este planteamiento la Historia misma es progreso, la historia misma es la teodicea buscada por los filósofos (idea de progreso como ideología imperialista etnocentrista). Ni Jesús, ni la Razón, sino la Historia en su totalidad debería proporcionar un medio de que la razón se encarnase en el cuerpo universal del género humano. La historia engloba, comprende y media la toda la carne existente y es, la única posibilidad de que la razón se encarne en la totalidad de la carne, en el género humano en su conjunto. El tribunal idealista decide instalarse en la totalidad de lo real, haciendo del todo el deber ser con el que interpelar cualquier reo. El caballo de batalla de la teodicea es la astucia de la razón. La teología del espíritu. Los ilustrados piensan que la razón existe fuera de la realidad, que se piensa con la cabeza. Con al cabeza es posible alcanzar el pensamiento, pero el pensamiento se piensa a sí mismo. la historia ha dado a devuelto a la naturaleza el rostro de dios. Las razones de las cabezas son razones abstractas que encuentro tropiezan con lo finito no tienen más remedio que empezar a usar la guillotina. Lo lógico entra incendiando la realidad. Napoleón es la totalidad montada a caballo. La humanidad entera como encarnación de Dios.

[x]

El capitalismo descansa en un presupuesto enteramente idealista: es el propio curso de la realidad el que trabaja en las obras de la razón, las obras de la razón dependen de que se deje trabajar a la realidad, que el trabajo del concepto no sea sólo el trabajo del conocimiento, sino también el trabajo que lo real vierte sobre sí mismo para proseguir su curso histórico. El único verdadero contexto de todas las razones es ahora el mercado, el desarrollo. Se trata de que la instancia política deje al desarrollo en paz, aunque para eso tengas que actuar políticamente (qué curioso) bombardeando parlamentos, por ejemplo. En cierto modo, el mercado funciona como la rica totalidad capaz de integrar todos los puntos de vista, en la medida en que el él converge la totalidad de la oferta y la totalidad de la demanda, involucra totalidad de las razones.

[xi]

La decisión moral de las masas se apoya en la intuición directa de un mito. La razón parlamentaria es impotente si no viene hermanada con el poder del mito. El socialismo necesita un mito, no una teoría. los mitos más fuertes reposan en lo nacional. Los nacional-socialistas quieren el socialismo pero con toda la fuerza de la tradición, mito, de la nación. El nacional socialismo se convirtió así en un modelo prototípico de mitología de la razón. Así es como el idealismo conduce al historicismo, al biologicismo, al racismo, al nacionalismo y, en fin, al nazismo. El meollo argumentativo que permite a una realidad aparecer como racional sin ser efecto ni obra de ningún ejercicio racional debe considerarse racismo: el discurrir de lo real, ya se trate de un discurrir natural, biológico o mercantil es capaz de señalar a ciertas realidades como conformes a lo que debe exigirse y perseguirse en general. Cuando lo que se ha encarnado es la razón misma, la única relación que cabe con al carne sobrante, a la espera de que deje de sobrar, es el exterminio. Lo meramente existente que no sabe llegar a ser real, abortos de la totalidad. El racismo comienza cuando la declaración de los derechos del hombre desnuda al hombre hasta que sólo se le ve el pellejo.

[xii]

Siempre que separamos estamos materializando: verdadero frente a falso, bien frente a mal. Aristóteles, Newton, nos obligan a separar. Aristóteles se niega a pensar: las divisiones abstractas no ven la relación verdadera entre las cosas. Hegel es antiaristotélico. Dividir lo entes con comas es renunciar a pensar. Eso del cielo estrellado es una estupidez muy grande. Lo falso y lo malo nunca son tan malignos como el diablo. Si se da una relación entre dos cosas externas debemos renunciar a pensarla. Hay que encontrar la manera, la razón, la relación infinita (una relación que logre ser lo relacionado). Encontrar manera de que la verdad de lo bueno sea lo malo. Lo malo es la astucia de lo bueno. No hay lo falso como no hay lo malo, ambos son momentos. Lo malo es la forma de ser de lo bueno en uno de sus momentos. Un panteísmo que no excluya a Dios. Un todo que esté vivo, capaz de ser todas las determinaciones es un todo vivo. No la sustancia abstracta de spinoza (la noche en la que todos los gatos son pardos). La religión secreta de Alemania.

La idea de belleza, la idea que lo une todo, la verdad y el bien sólo en la belleza están hermanados. La poesía vuelve a ser maestra de la humanidad. Religión sensible. Monoteísmo de la razón y del corazón, politeísmo de la imaginación y del arte. Mitología de la razón. La mitología tiene que hacerse filosófica para hacer racional al pueblo. Las masas necesitan de los mitos y los mitos tienen que estar a la altura del momento histórico. Conceptos que vana tener toda la fuerza del mito. Absoluto: razón y sensibilidad, exigencias de la razón y curso de la realidad, concepto e intuición, moverse y actuar, pensar y sentir, bailar y razonar. Otorgar a la costumbre la sensatez de la razón y a la razón el poder de la costumbre. De este modo, al ley no se enfrentaría como una instancia extranjera a la producción de una sociedad que siempre se gestaría en otra parte, en un basurero de la historia, sino que se confía en el el desenvolvimiento de la realidad producirá una obra de la razón. El resultado es la refundición del chorismós (razón mítica o mitología racional).

[xiii]

Idea central del Antiguo Testamento: Afirmar la soledad de Dios, o si se prefiere, la insignificancia del hombre en comparación con el propósito divino, es decir, la personalidad de Dios a costa de afirmar la impersonalidad del hombre; a no ser que él construya la casa, el trabajo de los que la construyen es vano, a no ser que le señor guarde la ciudad, el vigilante la vigila en vano.

Diferencia entre una historia (contingente) y un relato (necesario). En un relato las partes estás al servicio de la totalidad. No hay racionalidad en las partes independientemente del todo. Cuando en una de las páginas de un relato parece un revólver alguien tiene que suicidarse con él en la última página. Todos los elementos literales están el servicio de un significado, lo único que nos hace mirar los hechos históricos como inverosímiles es que son reales.

[xiv]

En el pueblo griego la penetración de la escritura había hecho entrar en crisis el modelo tradicional de la paideia y de la política, liberando la forma de una posibilidad de recuerdo o de memoria que no tenía nada que ver ni con la tecnología verbal de la transmisión oral ni con los documentos escritos. A esa forma de recordar absolutamente novedosa se la llamó matemática o teoría y tiene que ver con el ejercicio de la razón. La razón es el metro de todas las cosas, el metro de todas las medidas. El discurso racional desconoce la gramática de los pronombres personales: da igual quien lo pronuncie, ni siquiera hace falta ser hombre (persa o griego). La razón, por tanto, no es el ámbito del hombre, sino el ámbito de cualquier hombre, el ámbito de la humanidad. La razón es la capacidad del hombre de tratarse a sí mismo independientemente de su condición de hombre, como la capacidad de tratarse a sí mismo como el ahí del ser y del deber. No se trata de que hablemos nosotros, sino de que hable la cosa, de dar a la cosa la palabra, de ponerla en libertad. Por eso la Razón nos permite cultivar el suelo que supuestamente había sido reservado a los dioses, nos permite habitar un mundo independientemente de que seamos o no hombres, un mundo en el que el hombre es capaz de tratarse a sí mismo al margen de su humanidad. En este sentido, la razón es lo más divino que hay en nosotros (Aristóteles). Ahora bien, el descubrimiento de la Razón abre un Chorismós entre dos concepciones de la ciudadanía y de lo político: el gobierno del Rey Poeta frente al del Rey Filósofo.

El de la Razón es el único ámbito en el que cabe hablar de progreso: la razón sabe muy bien cuando progresa y cuando no. El progreso se da tanto en el ámbito de la razón teórica (ciencias naturales) como en el de la razón práctica (derecho, moral): la razón introduce también las exigencias de la razón práctica, la ley o el derecho. La Academia es la sede de la razón teórica, en ella la palabra dialoga directamente con la comunidad trascendental de los seres racionales, sin interesarse por la cuestión de si éstos han de ser llamados persas o griegos.

La posibilidad de edificar una sociedad desde ese lugar no antropológico al que venimos llamando razón es la política. La razón es el punto de referencia al que ninguna empresa política podía renunciar. Según el ideal político platónico y kantiano la política es “el lugar de cualquier otro”, la república inteligible en la que quienes obedecen la ley debe de ser simultáneamente colegisladores. El programa político es el compromiso de rehabilitar la palabra pública y edificar un lugar que sea “el de cualquier otro”, esto es: la ciudad. La idea de que tiene que ser posible constituir una ciudad cimentada desde semejante topos es la idea central del pensamiento ilustrado, y la idea de que sería posible gobernar desde ese lado del chorismós (desde ese espacio regido por las leyes) podría resumirse en el ideal platónico del Rey Filósofo. El misterio del Rey Filósofo se resuelve así en el del Estado de Derecho. El Rey Filósofo postula una ley para cualquiera. La idea de un espacio político en el que rijan principios racionales es la idea de una república inteligible (Kant), en la cual los que obedecen la ley son al mismo tiempo colegisladores. Idea de república noúmenon: la norma política para cualquier constitución en general.

Llamamos libertad precisamente a la posibilidad de moverse en este sitio, esto es: a la decisión de someterse a las leyes de los seres libres y de moverse actuando se la llama ciudadanía.

[xv]

En el momento en el que el hombre deja de comulgar con el curso histórico natural comienza el efecto-humanidad, la aventura de los hombres, el tiempo de los hombres, que es el tiempo cíclico de los dioses y los ancestros y el ritmo de la repetición litúrgica y mítica de la primera vez, el tiempo en el que nada puede suceder porque todo ha sucedido ya para los dioses y los ancestros; se trata de un ritmo sincrónico aparentemente estéril. El hombre, por tanto, no habita en la Historia, sino en una especie de basurero de la historia, es una sincronía neolítica: la cultura. La cultura es la matriz estructural de lo humano, generadora de un tiempo nihilista (la sincronía del eterno repetirse de la primera vez mítica) en el que la única noticia es la ausencia.

El ámbito de la cultura es el ámbito de la identidad cultural, de la nación, de los hombres en tanto que persas o espartanos. El rey poeta constituye siempre un espacio en el que la humanidad termina en los límites de la tribu, especifica aquellas normas o costumbres que permiten a un pueblo no ser cualquier otro, distinguirse en tanto que nación. Estas normas son preservadas por medio de la tradición, la paideia, en la que juega un papel fundamental la poesía. Si el de la razón es el ámbito del conocimiento, éste es el ámbito del reconocimiento, de la identidad cultural (antropología, etnología) o psicológica (psicología). El tejido de las identidades culturales no son una prolongación natural de la familia en al tribu sino la manera en como la cultura había logrado proporcionar a la familia un espacio ficticio en el que desenvolverse a sus anchas sin producir ningún efecto real. Las relaciones de parentesco son un conjunto de procedimientos por los cuales la familia es controlada. Pero la familia no renuncia a sus pretensiones a no ser que la sociedad se comprometa con ciertas costumbres. La sociedad es pues casi una forma de ciudadanía, es ámbito de la mayoría de edad indígena, una manera de vencer a la infancia y a la familia. Ahí donde la familia queda satisfecha con nada se produce una brecha en la que la cultura puede arraigar: nihilismo satisfactorio.

La cultura lo protegía de la historia. La historia ha salido del neolítico antes que el hombre. La historia ha corrido más que el hombre. De ahí la resistencia del hombre a aferrarse a la anacrónica cultura.

[xvi]

Lo amigos, los abogados de Dios, deducen la culpa del castigo, dan por supuesta la racionalidad del mundo (si el mundo tuviera un orden justo las fatalidades deberían ser interpretadas como castigos). Ante un tribunal eclesiástico Job, que admite honestamente que no comprende a Dios, saldría muy mal parado porque defendería el absurdo. Los amigos, en cambio, son unos hipócritas, porque no comprende mejor que Job a Dios y, sin embargo, defienden la culpabilidad del inocente para defender la racionalidad del mundo, defienden a Dios con injusticias.

Enigma filosófico contenido en El Libro de Job: ¿cuál es el propósito de Dios? Dios aparece al final no para resolver los enigmas sino para profundizar en ellos; ¿para qué llueve en el desierto? Los enigmas de Dios son más satisfactorios que las soluciones del hombre. La creación es una especie de salmo o rapsodia del sentido del milagro. El creador de todas las cosas está atónito ante las cosas que él mismo ha creado. En vez de demostrar que éste es un mundo inexplicable, insiste en que es un mundo más extraño de lo que Job jamás podrá pensar. Dios quiere que se vean las cosas sólo a través del trasfondo del universo absurdo, de la negación del ser, de la negación del todo. Nada de lo que aquí dice niega la posibilidad de conocer cosas, niega el derecho a conocer al servicio de qué significado trabaja el conjunto de los hechos.

El libro de Job sería como una cuchillada kantiana en la historia: éste irrumpe kantianamente porque pregunta por el propósito de Dios, pregunta el porqué; Job quiere explicaciones y hasta que no las tenga no admitirá sus males como una obra racional del mundo. Tanto los buenos como los malos son instrumentos con los que Dios juega. Si tuviéramos derecho a considerar la prosperidad como síntoma de la virtud, entonces los hombres abandonarían la tarea de hacer exitosos a los hombres buenos para hacer buenos a los hombres exitosos. Obremos un mundo en el que a los buenos les vaya bien. Tarea de levantar instituciones de orden jurídico para hacer como si pudiésemos habitar un mundo en el que rigiese la razón absoluta, para hacer como si pudiéramos hacer prósperos a los hombres buenos y no al revés. Se trata de una idea completamente ajena al derecho: recompensa tanto a los que obedecen la ley porque son buenos como a los que obedecen la ley por miedo a la policía.

[xvii]

Puestos a pensar un poema de la Creación, el teísmo es mejor porque deja tranquilo a los científicos. Con este se puede hacer ciencia. Por lo menos, el teísmo no defiende a Dios con argumentos injustos. Job prefiere el absurdo antes que defender a Dios con mentiras.

[xviii]

Según Heine, Schelling es un traidor a la causa panteísta y se ha convertido en un teísta que predica un Dios loco (un Dios que ha cometido la locura de crear el mundo por amor). Para Schelling no podemos decir que no hay maldad en el mal. Necesitamos un panteísmo que impida que el bien y el mal acaben siendo lo mismo. (Hanna Arendt: ¡no, y no… el bien no se genera en el mal!) Si por el camino del panteísmo, del idealismo alemán, de la teodicea, acabamos diciendo que no hay nada de maldad en el mal, entonces este amino está mal. Hay que ensayar otra vía: si Dios no puede ser concepto entonces tiene que ser amor. El concepto de “amor” encierra el misterio que andamos buscando: dos seres que pueden existir por sí mismo pero que no pueden vivir el uno sin el otro. Tenemos una independencia de independientes. El amor se destruye cuando los independientes dejan de serlo. Dios ha necesitado hacer otra cosa, no un apéndice de él. Eso sólo se puede dar si se da una relación de amor entre Dios y el mundo. Algo que sea independiente de dios y necesario. Tendría que haber algo en dios que no fuera Dios para crear el mundo. Hegel ha pensado esto de joven pero lo aparta porque si o la solución sería el cristianismo; según Hegel, al amor le falta la paciencia, el dolor, la seriedad del concepto.

[xix]

Se trata del problema de arrancar un espacio al tiempo en el que la razón pueda obrar.

El mundo clásico resolvió este problema con una teoría de la virtud. El mundo moderno (problema de la sensibilización de la ley moral) con una teoría de la libertad: el de cómo una voluntad patológica puede determinarse a obrar por los dictados de la razón. La tradición republicana resolvió este problema de una forma asombrosa: la razón puede obrar en espacios que son las instituciones en lo que la razón pudiera obrar (no confundirse, encarnarse), pudiera encarnarse en sus obras, eficacia de lo que no es más que una exigencia.

[xx]

La realidad no tiene por qué discurrir racionalmente, el curso de la realidad no discurre razonando. Por eso la razón debe de enderezar el curso de las cosas en conformidad con ella (así como la técnica ha de gobernar la naturaleza). Para que la razón pueda gobernar es preciso robar un espacio a la historia, un papel en blanco en el que sea posible dictar leyes, en el que sea posible el Estado de Derecho, la libertad. Por eso, la construcción de instituciones capaz de educar y gobernar juega un papel clave. Lo que la Ilustración francesa entendió a la perfección es que si ciertas realidades pueden considerarse racionales es porque precisamente no han sido conformadas o producidas por el curso de las cosas, sino decididas, convencidas o educadas desde un lugar a salvo de ellas, al que solemos llamar libertad. La ley no es otra cosa que una mera exigencia vertida sobre la realidad, y no la realidad misma concretándose en desembocar en algo así como su contenido más profundo o esencial. No hay obras de la razón más que cuando la razón realmente obra: construir y preservar espacios materiales en los que el ejercicio de la razón pudiera continuarse políticamente. Desconectar toda intromisión de lo real en la tarea de medir la autoridad del estado con las exigencias constitucionales. Edificar instituciones capaces de legislar contra la historia y suficientemente sólidas como para mantenerse en pie frente a sus acometidas. Dar vida a la Historia habría sido tanto como negársela a la razón. Ahora bien, devolver la palabra a la razón es tanto como recordar que el régimen  del tiempo es lo que en todo momento debe ser juzgado y que jamás puede convertirse en tribunal de nada: que el tiempo es la consistencia de toda realidad, y que, por tanto, la razón, que no tiene en el tiempo su ley, no puede tener otra realidad que la de sus obras. Un mundo en el que la razón no gobierna nada no acabará de todos modos por ser racional por mucho que se le deje llegar hasta el final. La ilustración francesa planteó la necesidad de que la razón educara, conformara o gobernara la realidad. No hay obras de la razón más que cuando la razón realmente obra. Por eso, se trata de construir y preservar espacios materiales en los que el ejercicio de la razón pudiera continuarse políticamente. La razón no puede obrar sin construir un mundo en el que fuera posible hacerse obedecer. Para ello era preciso edificar instituciones capaces de legislar contra la historia y suficientemente sólidas para mantenerse en pie frente a sus acometidas. Separación de poderes para que eso esté vacío, para que no entren guarrerías.

[xxi]

La ilustración, empeñada en no confundir jamás el ser con el deber ser, instala su tribunal en la nada, buscando el modo de hacerse sitio a empujones en el entramado de la Historia. Poco tardó en darse cuenta de que una constitución edificada en la Historia no era nada sin la guillotina. El resultado del ejercicio de la razón en la Historia resultó ser lógica del exterminio, una carnicería.

[xxii]

Esta situación ilustrada nos lleva a la “encrucijada maistriana”: la constitución es un cuerpo jurídico incapaz de hacer danzar a nadie, es un baile propio de seres racionales. La asamblea constituyente acometió la blasfema pretensión de constituir una sociedad, usurpando así un derecho sólo hasta ahora sólo reservado a la providencia, el resultado fue la Declaración de los derechos del Hombre. El problema era que el hombre no existía luego en parte alguna como tal, sino más bien a modo de una exigencia a la que se llamó ciudadanía. El resultado fue un cuerpo jurídico irrenunciable, pero no una sociedad. La sociedad siguió constituyéndose, según oscuros y enigmáticos dispositivos, en otra parte, mientras que el aparato legal no era ni siquiera capaz de organizar una simple fiesta. Ni la educación ni la guillotina pueden gobernar ese factum antropológico que conforma cada sociedad. La historia, la tradición, es el relato de cómo las diversas realidades han ido encajando entre sí con otras realidades de la única manera posible; es la historia, y no la razón la que constituye una sociedad. Por eso, que la realidad encaje con la razón es, en principio, algo extraño, ya que, para encajar la realidad con la razón hay que dejar a un lado lo que las cosas son para encajarlas con lo que deberían ser. Las razones de las cabezas, las leyes, han estropeado toda la tradición que ha colocado todas las cosas de la mejor manera posible. Es una vanidad, presuntuosidad, locura creer que una asamblea legislativa puede constituir el mundo, el mundo ya está constituido. Ninguna gran institución resulta de una deliberación. Las obrar humanas tanto más frágiles serán cuanto más se ha pensado y cuantos más hombres la han concebido. Nunca ha durado una realidad levantada en la nada con la sola fuerza de la razón. Las grandes instituciones han surgido de gente analfabeta (Mahoma, Jesucristo, Buda, etc.). El cristianismo ha sido predicado por analfabetos y seguido por sabios. Las sociedades se fundan porque los ignorantes hablan. En la ilustración se pretende algo que nunca ha pasado: que hablen los sabios y que los ignorantes obedezcan. De Maistre: las leyes de un pueblo nunca pueden ser escritas. Y donde están escritas es para escribir lo que ya tienen. Los pueblos, cuando tienen derechos, nunca necesitan escribirlos. Los escribes cuando los estás perdiendo, para conservarlos. Cuando la ilustración escribe las leyes las convierte en leyes débiles. La institución más fuerte de la Grecia clásica es esparta, que nunca se escribió. No se debe escribir todo (por lo menos dejar algo a la realidad). En ninguna sociedad puede darse la libertad si no la tiene. Cuando una sociedad empieza a razonar sobre sí misma ya están hechas las leyes. Y ya es demasiado tarde para la razón. El búho de minerva. La nación pierde lo que tenía y no consigue lo que pretende. Las asambleas no son lo suficientemente constituyentes, constituyen leyes pero no realidades.

[xxiii]

La ilustración pedía hombres y la historia le entregaba proletarios. Ambos tenía algo en común: el hombre de la ilustración era la forma de nombrar un lugar en el que no había o no debería haber nada, a excepción de un nuevo punto de partida, la libertad; del mismo modo, el proletariado constituía también una suerte de nada, una “nada social”. Ahora bien, si el ejercicio de la nada producía, en el primer caso, la razón teórica y la razón práctica, introduciendo en este mundo el conocimiento y la moral, en el segundo caso, la nada no generaba más que nihilismo.

[xxiv]

La culpa de que los judíos acaben en los campos de exterminio no es de los nazis, sino de los derechos humanos. Cuando dices que tus intereses son la declaración de los derechos humanos tu enemigo se convierte en alguien fuera de la ley, es un enemigo que no se negocia, se convierte en un inhumano, en una alimaña, y a las alimañas se las extermina. Las constituciones están hechas para el hombre, pero yo no he visto un hombre en mi vida. La constitución está hecha para un hombre que no existe; existen persas y griegos. La imposibilidad de entender la guerra como un conflicto político en un mundo que se ha convertido realmente en uno solo, lleva emparejado el concepto de “guerra inevitablemente mundial”, necesariamente de una intensidad y una inhumanidad insólitas. Ya no se trata de hacer retroceder un enemigo a sus fronteras. El enemigo no tiene fronteras. No hay un afuera e la humanidad. La guerra más aterradora sólo se realiza en nombre de la paz y a opresión más terrible, en nombre de la libertad; la inhumanidad más atroz sólo en nombre de la humanidad. En estas condiciones, cualquier instancia neutral y despolitizada se convierte en un arma para la guerra, un arma que, precisamente por su neutralidad, puede ser utilizada por cualquiera y contra cualquiera, y too ello en una situación n al que los contendientes se entienden a sí mismos como neutrales, es decir, como encarnación de la humanidad, desde una universalidad que no reconoce enemigos, sino alimañas fuera de la humanidad y de la ley. El resultado es esa combinación diabólica entre ideología pacifista y guerra técnica a gran escala, que convierte Toda guerra en mundial o a toda historia en derecho al exterminio.

[xxv]

El error de tomar por obras de la razón lo que no son más que la obras de la impotencia de la razón.

La tragedia de la ilustración fue pretender tener razón en un mundo que contradice constantemente todas las exigencias de la razón, insistir en la realización de un reino de la razón ahí donde no hay posibilidad de que la razón obre de forma efectiva. Estas cosas pasan cuando se empeñan en afirmar el reino de la razón en unas condiciones en las que no hay ninguna posibilidad de que la razón obre efectivamente. No se puede liberar la libertad sin proporcionarle un mundo en el que ésta pueda obrar. Una libertad que no puede poner nada en libertad. Una vez iniciada la aventura de la ciudadanía todo depende del éxito de esta empresa: su éxito o su fracaso no deja en modo alguno las cosas como estaban, sino que, antes bien, la humanidad se complica entonces con peligros absolutamente inéditos de una capacidad de destrucción portentosa. Por tanto, la cuestión no es ya cómo obra la razón, sino cómo su impotencia obra de todos modos. La cuestión no está en saber si algo falla en el planteamiento ilustrado, sino en saber qué ocurre fácticamente si el proyecto fracasa. La práctica de hacer pasar lo que no es sino puro y simple nihilismo por la razón y la libertad caló muy hondo en el discurso legitimador de las democracias occidentales. Es preciso distinguir las obras de la impotencia de la razón con las obrar de la razón.

[xxvi]

Las paradojas de la declaración de los derechos del hombre, enraizando en ella el nacimiento del racismo. Los derechos del hombre pretenden ser anteriores e independientes de todo cuerpo político y de todo derecho nacional. Ahora bien, lo doloroso fue comprobar que, sin excepción, fue precisamente la pérdida de los derechos nacionales la que entrañó en todos los casos la pérdida de los derechos humanos y que su restauración sólo ha sido lograda a través de la restauración de los derechos nacionales. De ahí que cuando en la historia empezaron a aparecer hombres que no eran más que hombres, no se aprovechara para reconocer en ellos al destinatario directo de los derechos humanos, sino que, al contrario, se les identificara como mera carne inexplicablemente sobrante sin que se lograra otro  sitio donde instalarlos que los campos de exterminio. La paradoja implícita en la declaración de los derechos humanos es que semejante pérdida corresponde coincide con el instante en que la persona se convierte en un ser humano en general (sin una profesión, sin nacionalidad). Se puede dañar políticamente a un dogon o a un dowayo, pero no se empieza a ser un “asqueroso negro” más que en el mismo momento en que no hay otros derechos que puedan reivindicarse que los derechos del hombre. A fuerza de no pertenecer a ningún pueblo se convierte en una raza abocada al exterminio. Los peligros de ser un ser racional en un mundo que no funciona razonando. Cuando un dogon deja de ser un dogon en un mundo como éste no suele convertirse en Diputado del Congreso, sino en un asqueroso negro que amenaza con quitar a tus hijos un pan que no se reparte a base de razones. El producto genuino de una sociedad con ésta en la que no hay más que hombres no es el diálogo ilustrado, sino las leyes de extranjería, tan eficazmente genocidas o más que los campos de exterminio.

[xxvii]

Es extremadamente peligroso, a firmar la coincidencia entre razón y realidad ahí donde no es posible ningún ejercicio eficaz de la razón, pretender dar la razón a un mundo que no discurre racionalmente, afirmar que hay razón y universalidad ahí donde todo ejercicio racional es impotente. Un mundo en el que la razón no gobierna nada no acabará de todos modos por ser racional si se le deja llegar hasta el final.

El hombre no recupera la cultura perdida, y queda desnudo ante la Historia sin la razón como arma. La historia puede hacer de él lo que se le antoje. Un hombre liberado de toda servidumbre, un hombre sin ancestros, sin dioses, sin costumbres, sin tradición, sin patria, sin pueblo sólo conserva la abstracta desnudez del ser humano, es un hombre indefenso ante la Historia, la cual no encontró nada sagrado en la entera desnudez del ser humano.

Antes de tener derecho tienes que tener derecho a tener derechos. Este es un derecho previo a los derechos humanos. En el mundo del tiempo, esto te lo puede garantizar el estado. En un mundo como éste, esto sólo le lo puede garantizar el ejército. Tus derechos valen tanto como tu cuerpo político pueda protegerlos.

[xxviii]

La tecnificación de la existencia ha cambiado nuestra situación moral. La técnica ha traído consigo la posibilidad de que seamos inocentes culpables de una forma que no tiene precedente. Los hijos de Eichmann somos los primeros en implicarnos en esta nueva forma de culpa. El carácter radicalmente nuevo de nuestra situación consiste en que podemos producir más de lo que somos capaces de representarnos; los efectos resultantes de los instrumentos que nosotros hemos producido son tan grandes que rebasan lo límites de nuestra imaginación. En el curso de la era técnica, la relación clásica entre imaginación y acción se ha invertido: si nuestros antepasados consideraron obvio que la imaginación era una facultad desbordante, es decir, una facultad que sobrepasaba y superaba la realidad, hoy las posibilidades de nuestra imaginación (así como de nuestra capacidad de sentir y de responsabilizarnos de nuestros actos) están por debajo de la posibilidades de nuestra acción. Actualmente, la imaginación es incapaz de hacer frente a los efectos de nuestra acción. No sólo nuestra razón tiene sus límites, no sólo ella es finita, también lo es nuestra imaginación y nuestra capacidad de sentir. Sólo podemos sentir dolor por una víctima; quizá podamos representarnos diez (seguramente una a una); pero no doscientos mil., porque el exterminio en masa excede con mucho aquello que podemos lamentar y representarnos y aquello que nuestra imaginación y nuestros sentimientos podrían inhibir. Nosotros, los hombres, somos más pequeños que nosotros mismos. Nuestra actual esquizofrenia: nuestras distintas facultades trabajan de forma independiente. Abismo (“desnivel”) entre tu capacidad de hacer y tu capacidad de imaginar.

(Primera tarea: Que imaginación y sentimiento puedan captar la magnitud que eres capaz de hacer. Tarea de ampliar tu imaginación moral. Segunda tarea: amplía tu sentido del tiempo. No seas tan cobarde que temas tener miedo. Oblígate a tener el miedo que corresponde sentir ante la magnitud de la amenaza de Apocalipsis. Vivimos en una época incapaz de tener miedo).

Vivimos en un mundo en el que la realidad ha superado a la ficción. El gran problema no ha sido tanto holocausto como la tranquilidad de conciencia, la indiferencia o analfabetismo moral. En un mundo en el que la realidad es más imaginativa que la imaginación humana es imposible que la imaginación se ponga a la altura de la realidad: la realidad es mucho más imaginativa que la propia imaginación. Dicho de otra forma: en un mundo que es siempre un chiste macabro más chiste que tus propios chistes es imposible hacer chistes. Es preciso diagnosticar fracaso de la imaginación en el mundo contemporáneo. Frente al lema del 68 (“imaginación al poder”) —el capitalismo ha dado lo que exigían ha hecho realidad todos los sueños de la imaginación del 68: el capitalismo nos proporciona un mundo nuevo cada mañana, un nuevo desafía para la imaginación cada mañana— se trata de exigir que la realidad retroceda y se ponga a la escala de la imaginación, exigir un mundo en el que los efectos sean proporcionales a la voluntad y no efectos estructurales. Un mundo dotado de estructuras complejas que no dejan pensar los efectos de tus acciones no es un mundo habitable. Niégate a vivir en un mundo así. Niégate a vivir en un mundo en el que no puede sentir los efectos de tus acciones. Exige un mundo en el que los efectos sean proporcionales a la voluntad. Exige un mundo para el cual el hombre no se haya quedado antiguo. Exige un mundo tan antiguo como el hombre. Un mundo inestable no es un mundo, sino el  continuo cambiar que los griegos localizaban en el infierno. Si la razón finita fracasa an el intento de hacerse cargo del mundo no es ésta la que está mal, sino el mundo, que se ha convertido en un infierno. Exige instituciones para habitar el mundo. Si la realidad hace chistes más bestias que los tuyos exige una realidad que no se pase de lista, que me permita hacer chistes. Entre las incapacidades de los seres humanos hay algunas que los honran. Esta situación puede funcionar como adormecedor de la conciencia: como no veo más allá de la barra de melilla no me afecta la inmigración (“ojos que no ven, corazón que no siente”).

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Pecado estructural: lo que pecan son las estructuras y no las personas. Replantear el problema de la moralidad. ¿qué responsabilidad tenemos en un mundo en el que no podemos localizar a los criminarles (porque son señores con corbata)? El problema moral de nuestro tiempo es determinar ¿qué responsabilidad tenemos respecto de tales estructuras asesinas? Jesús podía decir “perdónalos porque no saben lo que hacen” porque todavía hablaba a hombres para los cuales el mundo era humano. En nuestro caso ha de ser al revés que en el evangelio: “castígalos porque no saben lo que hacen”. En el mundo contemporáneo se ha vuelto una obligación moral saber lo que haces cuando pones en marcha una estructura asesina. Asimismo, como lo que pecan no son tanto los hombres sino las estructuras, se ha vuelto un lujo absurdo preocuparse por las máximas de la voluntad. En un mundo como éste se trata de pecar en la buena dirección.

[Apuntes tomados de la asignatura Dios y el problema del mal, de Carlos Fernández Liria, profesor de la UCM.]

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