Economía·Historia·Trabajos

LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA ECONOMÍA EN LA EDAD MEDIA EUROPEA

Daniel Punzón del Álamo

MARCO SOCIOECONÓMICO Y RELIGIOSO DE LA EUROPA MEDIEVAL

Para entender la relación entre el ámbito socioeconómico de la Europa medieval y el pensamiento religioso y teológico de la época, tenemos que tener en cuenta tres factores constitutivos de la estructura social de la Edad Media. El primero es la concepción de la religión como algo que abarca todos los aspectos de la vida humana. De éste se desprenden los otros dos: el aspecto funcional de la organización de clase y la doctrina de la ética económica.

-La religión en el ámbito social

En la Edad Media europea, la religión está integrada de manera casi protagonista en prácticamente todos los ámbitos de la vida social. Esto se deriva, en parte, del convencimiento de los pensadores medievales de que todos los aspectos de la vida tenían un propósito divino, opinión que se filtraba en la interpretación de los asuntos diarios. También hay que entender el papel que jugaba la Iglesia en aquél entonces, harto distante de la función de la Iglesia cristiana moderna. La Iglesia medieval era un organismo que pretendía extenderse para conjugar, de manera universal, lugares particulares; bajo la pretensión de la religión única, su labor evangelizadora consistía en extender geográficamente su presencia, parte de la cual consistía, como veremos a continuación, en contener la tendencia de lo económico-técnico a imponerse sobre lo social-comunitario.

Por otro lado, este papel de contención que asumió la Iglesia en la Edad Media, se traduce en el moralismo que impregnaba toda la vida social, también la economía, caso que trataremos en profundidad.

-La teoría funcional de la sociedad

Esta segunda característica es así descrita por Tawney:

“La sociedad, como el cuerpo humano, es un organismo formado por miembros distintos. Cada uno tiene su función propia: predicador, soldado, mercader o labriego. Cada uno debe recibir los medios adecuados a su situación y no pedir más. Dentro de cada clase debe existir la igualdad, […] Entre clases distintas debe existir la desigualdad; de otro modo, una clase no puede desempeñar su función o -extraño pensamiento para nosotros- disfrutar de sus derechos”[1].

Las clases, por tanto, comportan diferentes deberes y también diferentes derechos, noción muy distinta de la que se extendería tras la revolución Francesa. En el medievo, la igualdad no era lo importante, sino la funcionalidad. Así, el bienestar social se deriva del cumplimiento de las funciones de clase, con los correspondientes derechos que a cada una le corresponden.

-La doctrina de la ética económica

La economía, como prácticamente cualquier otra actividad social, estaba supeditada a la moral. En el caso medieval, en el que la dimensión de la economía era local, esta moral era de corte comunitario y fraternal. Así describe Chesterton la moral de ayuda mutua que caracterizaba los gremios:

“La caridad de los gremios perseguía el mismo fin que las tierras comunales: resistir ante la desigualdad. […] Servía para asegurar no sólo la supervivencia y el éxito del oficio de albañil, sino la supervivencia y el éxito de todos los albañiles. […] El objetivo principal de los gremios era ponerle medias suelas a los zapateros igual que hacían ellos con sus zapatos y zurcir a los zurcidores; reforzar el eslabón más débil o salir en busca de la oveja descarriada; mantener inquebrantables, en suma, las filas de pequeños talleres como si se tratara del frente de un campo de batalla”[2].

Durante toda la Edad Media, tanto a nivel popular como desde las posturas religiosas, la usura y la avaricia fueron despreciadas y condenadas, y el espíritu hoy en día llamado “emprendedor” era mirado con recelo. Las instituciones sociales y lugares de producción y venta también estaban imbuidos de esta regulación moral de la economía, teniendo mucha más importancia en su organización la ayuda mutua que la competencia.

-Sobre la mentalidad y los organismos económicos

La sociedad medieval estaba fuertemente anclada en las tradiciones y en la religión. Esto, que por un lado acercó las sociedades a lo popular, histórico y humano, frente a la Modernidad y a la capacidad que ha mostrado la razón de tender a la abstracción y a la alienación, por otro lado consagró las desigualdades y el derecho consuetudinario y los blindó durante siglos frente a la autocrítica y la mejora.

Comprendiendo esta doble dimensión, así como la propensión de algunos autores a idealizar la Edad Media y de otros a demonizarla, podemos acercarnos correctamente a la pregunta de qué fue la Edad Media a nivel social y económico. Con los tres factores mencionados anteriormente (religión, clases y ética económica) ya tenemos un ligero esbozo. Centrémonos ahora en la persona del medievo y en los organismos económicos en que estaba integrada.

A juicio de la mayoría de los autores, el hombre medieval era un hombre natural y espontáneo, no esclavizado aún por la técnica ni por el entramado social moderno, que pasaba toda su vida, generalmente, en un ámbito geográfico limitado (local o regional). Prácticamente la mitad de los días del año eran festivos, y las jornadas de trabajo en el taller se conformaban en torno a la corporeidad del trabajador y se adaptaban a su ritmo. La relación del trabajador con el producto era cualitativa, física, y en algunos casos, artística. El trabajador estaba presente durante todo el proceso de producción y vivía el producto como una obra suya.

En este marco laboral, el avaro o usurero era condenado socialmente, tanto por el trabajador como por la Iglesia y su sistemática condena de la usura y el ánimo de lucro. El hombre que protagonizó la Edad Media era el pequeño trabajador, necesitado de pequeños préstamos que en ocasiones lo dejaban a merced del prestamista, motivo por el cual el odio popular hacia la usura y las actividades financieras era generalizado.

En cuanto al tejido económico y sus organismos, podemos mencionar, de entrada, que no había prácticamente movilidad laboral o social, ni competencia u organización económica a gran escala (excepto en el caso del comercio y el mercado monetario, especialmente en los últimos siglos de la Edad Media). La economía transcurría como una actividad cotidiana, supeditada a las necesidades tradicionalmente admitidas y a la moral imperante.

Los siguientes datos pueden darnos una idea aproximada de la dimensión y el modo de las relaciones económicas del medievo europeo:

“Aun en una gran ciudad como París, los 128 gremios que existían en el siglo XIII parece que incluían unos 5.000 patronos que no daban empleo a más de 6.000 o 7.000 trabajadores. El número de éstos en Francfort del Meno en 1387, no pasaba de 750 a 800, al servicio de unos 1.554 patronos. […] En las ciudades de esta clase, con su libertad, su paz relativa y su fuerte sentimiento corporativo, lo suficientemente grandes para abundar en asociaciones y lo bastante pequeñas para que cada uno conociese a los demás, no era de todo punto imposible la ética de la mutua ayuda, y solo a la luz de estas condiciones pueden interpretarse las instituciones industriales más características de la Edad Media”[3].

La dimensión de las actividades económicas era, y esto es de vital importancia, lo suficientemente reducida como para que la personalidad tuviera sentido; esta dimensión casi familiar (fraterna, podríamos decir) permitía la ayuda mutua. Asimismo, la “pobre” técnica, que aún no permitía producciones cuasi ilimitadas, servía como freno de la ideología del máximo beneficio y la deshumanización del trabajador que se extendió en las sociedades tras el fin de la Edad Media.

Esta dimensión humilde y comunitaria de las instituciones económicas de la Edad Media, en un marco de regulación y condena moral de las actividades lucrativas y la usura, da buen testimonio de lo que era la economía medieval. Algunos autores, como Chesterton, llegarán a decir, a este respecto, que “lo más impresionante y destacable de la Edad Media […] fue precisamente la eficacia de su sistema social de producción, capaz de crear, construir y cultivar todas las cosas buenas de la vida”[4].

La asociación económica más característica de la época eran los gremios. Así los describe Chesterton: “Un gremio era, a grandes rasgos, una especie de sindicato en el que cada cual era su propio patrón. Es decir, nadie podía trabajar en ningún oficio sin antes ingresar en la liga y aceptar las leyes del mismo; pero uno trabajaba en su propia tienda y con sus propios utensilios y se quedaba con todos los beneficios”[5].

Los gremios agrupaban a los trabajadores artesanos de un mismo oficio bajo unas leyes comunes o estatutos. Buscaban el equilibrio entre la demanda y el número de talleres activos para garantizar el trabajo, y también estaba entre sus funciones garantizar la nivelación de los pagos. El miembro de la corporación o gremio, aunque a veces tenía que luchar duramente para vivir, por lo general podía estar seguro de que viviría con el fruto de su trabajo. Es importante entender que las necesidades se constituían meramente por las de subsistencia y las tradicionalmente constituidas. Al respecto, dice Sombart:

“La preocupación fundamental y constante de todo auténtico artesano o amigo del artesanado es ésta: el oficio debe servir para alimentar a su sujeto. Este va a trabajar cuanto sea necesario para ganarse el sustento; como los artesanos de Jena (de que nos habla Goethe), tienen “casi siempre el sentido común suficiente para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre”.[6]

Los organismos económicos medievales, pues, estaban caracterizados por una dimensión sustantiva y no formal[7], por una actitud de ayuda mutua y no de competencia, e insertos en un mercado local o regional. Los rasgos generales son éstos. Matizando mucho, podemos luego también exponer el lado oscuro que toda institución real comporta; es de mención que una gran parte de la industria medieval es base de un sistema de monopolios organizados. Según algunos pensadores, las tendencias expansivas ya estaban en la Europa medieval a modo de potencia, chocando contra las paredes del ámbito local y la fortificada costumbre, y se dispararon cuando la técnica puso la economía a una escala superior, internacional, llegando así la era del mercantilismo.

Como explica Tawney, “No fueron los señores feudales, sino los campesinos ambiciosos, quienes empezaron a minar en Inglaterra las costumbres feudales, detrás de las cuales, como detrás de un dique, se habían acumulado sus pequeños ahorros. No fueron los grandes capitalistas, sino los artesanos emprendedores, quienes empezaron a valerse del control de las hermandades para implantar un sistema de explotación plutocrática, o quienes se escaparon, individualistas precoces, de la camaradería del burgo y el gremio, a fin de alcanzar la estatura que más les gustase en un aislamiento rural”[8]. Las instituciones medievales, con sus aciertos y errores, acabaron disolviéndose, no quedando muy claro el motivo, al mismo tiempo que aparecían el mercado libre, los grandes avances técnicos y las naciones modernas.

Junto a los gremios o corporaciones, también jugaban un papel económico importante las tierras comunales, que convivían con las privadas y suponían para el campesino una reserva de riqueza. Podemos entender la relevancia de de las tierras comunales cuando observamos que ésta fue la piedra angular que tuvo que ser derribada para que el capitalismo desenfrenado e industrial entrara de una vez por todas y sesgara el desarrollo histórico medieval; así sucedió con los cercamientos en Gran Bretaña entre los siglos XVIII y XIX.

SUPEDITACIÓN DE LA ECONOMÍA A LA VIDA SOCIAL COMUNITARIA

En el esquema medios-fines medieval, la economía era un medio y el hombre (mejor dicho, el gremio, el burgo, la comunidad) eran un fin. Aunque evidente, es radical la importancia de este esquema, teniendo en cuenta su actual inversión.

En las razones por las cuales la economía está integrada dentro de la sociedad y, por lo tanto, supeditada al hombre, debemos distinguir dos motivos o causas. Al primero de ellos lo llamaremos el motivo religioso de la supeditación de la economía al hombre; el segundo será el motivo orgánico.

El trabajador europeo medieval era un hombre analfabeto, con una educación escasa o prácticamente nula. Los pocos conocimientos de que disponía eran los lugares comunes de la tradición, los preceptos enseñados en el núcleo de la familia, y los dogmas o enseñanzas religiosos. Estos tres lugares estaban entretejidos, de modo que cualquier análisis es incapaz de separarlos de manera efectiva; la familia formó la religión, la religión formó la familia, la tradición las formó a ambas y viceversa; se trata de historia. Historia, eso sí, en la que la teología y las instituciones religiosas jugaron un papel fundamental.

Las premisas de que partían los teorizantes religiosos medievales en economía eran, principalmente, dos: que la organización económica está subordinada, como todo lo demás, al propósito último de la salvación, y que la economía no es más que un aspecto más de la conducta social, y por tanto la conducta económica está sujeta a las reglas de la moralidad. Para la Iglesia, “el trabajo -suerte común de la humanidad- es necesario y honroso; el comercio es necesario, pero peligroso para el alma; las finanzas, cuando no son inmorales, son, en el mejor de los casos actividades sórdidas y de mala reputación”[9].

Asimismo, desde la doctrina del casuitismo económico se condenaba la usura y se predicaba el concepto de “precio justo”, tanto dentro de la Iglesia, donde había condenas efectivas, como en el púlpito, a modo de preceptos morales dictados al pueblo. Estos mismos teólogos son los que comprenden que los precios varían con la escasez, pero que no deberían variar con la necesidad o la oportunidad individuales. El precio justo era una manera de no dar cabida al abuso en terreno económico. Dejar el precio a gusto del vendedor era dar rienda suelta a la avaricia que mueve a casi todos los hombres a buscar excesivas ganancias.

La Iglesia, de este modo, es concebida como la primera de las instituciones políticas, tanto en su intención como en su labor social efectiva, especialmente en la Alta Edad Media. Su entramado de parroquias y órdenes monásticas constituían una suerte de Seguridad Social primigenia, junto con los sermones y la continua emisión de decretos oficiales condenando la usura, a modo de regulación económica, podemos realmente ver el papel (más o menos eficaz, pero al menos intencionado) de contención de las relaciones meramente económicas que ejerció la Iglesia medieval. No solo se limitó a condenar los préstamos a intereses altos: las parroquias, fraternidades religiosas, gremios, hospitales e incluso los monasterios, prestaban granos, ganado y dinero a intereses menores que el prestamista usurero que la Iglesia condenaba.

La Iglesia, como vemos, predicaba y ejercía la supeditación de las relaciones económicas a una norma. La economía era una función social cuyo fin era satisfacer a los hombres. Llega a tal punto esta norma, no tanto impuesta como interiorizada, que las actividades de lucro (como la alquimia, la búsqueda de oro, etc) se practican fuera del ámbito económico, nunca en su interior.

Los comerciantes que establecen un monopolio o los prestamistas que oprimen al pobre, toman el nombre de nefandae belluae: monstruos de iniquidad. Esta era la posición de la Iglesia, compartida por el pueblo, hacia esa actitud emprendedora tan apreciada y premiada hoy día.

Así pues, aunque no hay que idealizar los resultados prácticos de este papel de contención que jugó la Iglesia, si que es patente su intento casi heroico de contener el poder depredador del dinero y la consagración absoluta de las sociedades al ámbito de lo económico.

Esbozado, pues, el motivo religioso de esta contención, hablemos ahora del orgánico. Por motivo orgánico se entiende no aquél derivado de intenciones concretas o institucionales, sino aquella causa únicamente dependiente de las relaciones entre personas en el momento histórico dado. Así, mientras que en el motivo religioso se incluye la aplicación concreta de la doctrina de la Iglesia católica, en el orgánico se incluyen el sentir popular, la configuración de poblados, las interioridades de las personas, etc. En el motivo orgánico, pues, el centro es la persona, el habitante del medievo, el trabajador del gremio, el comerciante, el campesino, y su manera de actuar con los demás y con su entorno.

En la Edad Medi, la dimensión del intercambio económico era local o regional debido al limitado avance de la técnica. Esta pequeña escala del sistema de producción, distribución y consumo permitía un contacto directo entre trabajadores y de estos con el patrón. En este marco de contacto directo se puede entender que la ayuda mutua tuviera un suelo propicio sobre el que funcionar; asimismo, miembros de gremios o corporaciones eran conscientes de que la ayuda les era más útil a nivel común que el enfrentamiento: la fraternidad y la solidaridad primaban sobre la competencia, esto es, el hombre primaba sobre la economía, la producción tenía su sentido en la comunidad.

Dentro del taller, el hombre era un pequeño amo de su trabajo: la jornada se adaptaba a él, y la producción no era en ningún caso exorbitada, dado que respondía a necesidades de subsistencia y, en algunos casos, a aquellas necesidades marcadas por la tradición. Con poca demanda que satisfacer y una supeditación del trabajo a la necesidad corpórea del trabajador, es de entender que, comparado con el posterior modo de entender el trabajo en la fábrica, el modo de producción medieval fuera casi un canto al humanismo. Incluso con la falta de higiene, el analfabetismo, los incontables defectos de las reglas consuetudinarias y la barbarie que caracterizaba la época, aun con todo el lastre de defectos e imperfecciones que carga el medievo, sigue sin ser la brutal depredación del comercio mercantilista ni la ansiosa y compulsiva tendencia de la producción moderna a crecer ilimitadamente y sin freno, lejos de las necesidades reales de la población; era la Edad Media un tiempo menos frenético y más humilde, quizá a consecuencia de la técnica, que aún no le permitía ver un gran mundo ni la posibilidad de dominarlo.

Esta dimensión reducida de la producción y la venta, que permitía el trato personal, la cooperación y la ayuda, y que frenaba la tendencia expansiva de la abstracción y el mero economicismo, es la misma que algunos pensadores como Polanyi registran históricamente como dinámica natural o sustantiva, frente al mercado libre, que no es más que un modo (circunscrito históricamente)  de entender las relaciones económicas. En esta quijotesca arremetida contra el molino del mercado libre, Polanyi realiza una amplia y sistemática exposición de la economía de tribus a lo largo del planeta, pequeñas sociedades y, claro está, de la sociedad medieval. En todas ellas, reitera Polanyi, la economía era una función social más, enmarcada en una sociedad que tiene sentido por sí misma; contradiciendo así el precepto liberal  (y el hecho moderno) por el cual la economía produce sus propias reglas y es una entidad separada de las relaciones sociales y sus instituciones.

Mencionemos, también como motivo orgánico de esta contención de lo meramente económico, el resentimiento popular hacia los prestamistas, de quienes eran necesariamente víctimas. El sentir popular era prácticamente unánime: en necesidad de préstamos para desempeñar su labor, el campesino o el artesano acudían al prestamista, que era percibido como (y era) la figura que hacía dinero de su necesidad. Este descontento personal encajaba en un marco de crítica a la usura desde los púlpitos, y de teorías económicas que señalaban al trabajo como creador de riqueza (esto es, no a la especulación ni a las finanzas).

Dentro del motivo orgánico también hay que mencionar el blindaje tradicional al cambio, la extendida reacción contra la apertura y la contención (persecución por parte de la Iglesia, miedo por parte del pueblo) de la ciencia. De este modo, se retrasó el surgimiento de dos de las raíces de la era moderna: la capacidad de ver el mundo en su totalidad, y la capacidad de transformarlo y dominarlo.

Con la técnica surgió el reloj, allá por los últimos siglos de la Edad Media, y se comenzó a reglamentar lo irreglamentable: la exactitud, la capacidad, dieron en ser disciplinarias. La mesura medieval del tiempo, ligada a la posición del Sol o a inexactos relojes, progresó paralela a la técnica, y ya hacia el final de la Edad Media había un reloj en cada pueblo, que tocaba campanas cada cuarto de hora, y que planteaba la división abstracta, las parcelas artificiales de tiempo.

Surgieron los barcos que cruzaban océanos y se movió lo inamovible, y el comercio se hizo internacional y a gran escala, surgió la necesidad de grandes préstamos, se hizo la gran finanza, y poco a poco, aprovechando el cambio de dimensión que trajo la técnica, se filtró en el suelo social el temido imperio del dinero.

Después, con la máquina de vapor, las distancias se acortaron y el contacto que antes se tenía con el burgo, ahora se tenía con el mundo entero. Las pobres gentes, con su economía sustantiva y sus relaciones interpersonales, no abarcaban. El abismal tamaño de un mundo tan grande y a la vez tan accesible parecía condenarlas a la abstracción, a los centralismos, a la vaguedad del igualitarismo o la burocracia. La misma Iglesia católica acabó amoldándose a la nueva realidad, y poco tuvo que hacer cuando, primero los teóricos y luego la sociedad en su conjunto, aplaudían la avaricia y la presentaban como principal motor de la sociedad.

Es imprescindible entender esto si se quiere entender qué no era la Edad Media. La Edad Media no era ciencia, sino religión; no era tractor, sino azada; no era nación, sino pueblo; no era dominio, sino resignación. La radical antítesis entre nuestro tiempo y el medievo ha dado lugar a incomprensión y estereotipos, que presentan la Edad Media como una época de cruzadas e inquisición, de barro y cloacas pestilentes. Sí, pero no solo. Ante todo, la Edad Media es una época precapitalista, la última época precapitalista que vivió Europa, y solo por ser radicalmente diferente a la sociedad que nosotros hemos objetivado, ya es merecedora de estudio y atención.

Sobre la supeditación de la economía a los intereses sociales queda decir, a modo de resumen del punto concreto que este trabajo pretende señalar sobre la Edad Media, lo que ya dijo Tawney:

“Tal es la tendencia al engrandecimiento del imperio de los intereses económicos, que la doctrina que los confina a su propia esfera, como siervos, no como amos, de la civilización, puede con razón considerarse entre las más preñadas verdades que formen elementos permanentes de una sana filosofía”[10].

FIN DE LA EDAD MEDIA E INICIO DE LA MODERNIDAD

Quizá no sobre decir que el fin de la Edad Media no fue radical, sino progresivo, y que la cronología de este final es difusa. En la presente referencia a al fin de la Edad Media, las fechas exactas no son demasiado importantes; sí lo son las causas. En lo que respecta a las causas del fin de la Edad Media, la variedad de tesis al respecto es abismal.

Para autores como Chesterton o Belloc, el fin de la Edad Media llegó con la destrucción de las instituciones de los pobres por parte del parlamentarismo ilustrado, que a su vez era la continuación de la reforma protestante. Chesterton incluso llegará a señalar que la Edad Media no está superada, sino que fue históricamente desintegrada por procesos que no la dejaron llegar a su cúlmen; la Edad Media es un proyecto fallido.

También pone un énfasis protagonista en la reforma protestante Max Weber, para quien el espíritu protestante precede y conforma el espíritu capitalista del futuro homo economicus. Y negando esta tesis, Tawney, para quien la reforma solo fue un pequeño condicionante, y el peso real del fin de la Edad Media está en la ampliación y cambio de escala de las relaciones económicas causado por la técnica, y en la absorción de estas vigencias economicistas por la Iglesia Católica. En esta línea están también Sombart y Mumford, para quienes la técnica es de una importancia esencial en los orígenes de la Modernidad.

Así, en el aspecto concreto de la relación medios-fines entre economía y sociedad, la Edad Moderna es, por así decirlo, una Edad Media en negativo. En lugar de ser la economía una función social, la sociedad es una función económica. A más de un teórico (Bentham, Gary Becker y la escuela de Chicago en general) le gustaría que toda relación social no fuera más que un modo de relación basado en el egoísmo y el interés material propio: al menos eso teorizan. Distopías aparte, es ya una vigencia moderna esta separación radical del mercado, que es “libre” de un modo cuasi metafísico. “La economía, alquimia caníbal y metafísica de la necesidad, se ha convertido en una disciplina autónoma, radicalmente separada”[11].

La economía ya no es una institución del hombre: el hombre es un sujeto de la economía. Esta transformación pasa, como indica Polanyi, por la mercantilización de tres elementos: el trabajo, la tierra y el dinero.

Es necesario entender el carácter violento y revolucionario del surgimiento del capitalismo y, por tanto, del fin de la Edad Media. La técnica fue la tentación llamada a desbordar las relaciones económicas y a deshumanizarlas, pero no era una tentación obligatoria. El proceso de surgimiento del modo económico moderno no fue continuo históricamente, fue una revolución impuesta por la fuerza.

Los cercamientos fueron violentos, la necesidad estructural que llevó a los antiguos campesinos o artesanos a proletarizarse por un salario fue violenta, el cambio radical de la morfología de la ciudad que trajeron las fábricas fue violento, las condiciones de trabajo que imponían los dueños de las nuevas fábricas eran violentas, la competencia que introdujeron era violenta. La industrialización y la modernidad supusieron una ruptura social y una catástrofe humana que los dos siglos posteriores de lucha obrera tuvieron que contener y apaciguar.

Y es importante entender que esta lucha obrera no era tanto por un futuro brillante como por una tranquilidad ya conocida, por una economía al servicio del hombre que ya había existido. Las reivindicaciones que se la hacían a la modernidad mezclaban estructuras económicas antiguas adaptadas a los estados-nación modernos y a la dimensión nacional y global que poco a poco tomaba la economía. La reducción de la jornada laboral se pidió con la vista en el pasado. La ayuda mutua era gremial antes de ser libertaria. La descentralización y la propiedad comunal no eran utopía sino nostalgia.

No todo en la reacción contra la modernidad era repetición de antiguos modelos, claro está. Había ideas nuevas, que partían de modo prospectivo sobre los criterios de respeto del cuerpo humano, felicidad y poder sobre uno mismo. Sin embargo, esta prospección estaba íntimamente entretejida con las estructuras históricas conocidas.

Hoy, más que nunca, es merecedora de atención la función de la economía en las sociedades precapitalistas, para entender que el papel que hoy juega como fin al que se supedita lo social y como mano invisible que controla el destino de las personas y sus asociaciones, no es absoluto sino circunstancial y puntual en la historia, y que existen alternativas, no tanto utópicas, sino históricamente dadas.

La Edad Media en Europa, como se ha visto, es un punto histórico de suma relevancia en este asunto, y es merecedora de estudio en este ámbito. Suscita, además, la pregunta de si no habremos renunciado a estructuras económicas más humanas, sencillas y adecuadas de las que posteriormente han caracterizado la Modernidad.

BIBLIOGRAFÍA

Ÿ Polanyi, Karl. El sustento del hombre (The Livelihood of Man), traducción de Ester Gómez Parro. Editorial Capitán Swing, Madrid, 2009.

Ÿ Tawney, R. H. La religión en el origen del capitalismo (Religion and the rise of Capitalism), traducción de Jaime Menéndez. Editorial Dédalo, Argentina, 1959.

Ÿ Sombart, Werner. El burgués (Der Bourgeois), traducción de María Pilar Lorenzo. Alianza Editorial, Madrid, 1993.

Ÿ Chesterton, G. K. Breve Historia de inglaterra (A Short History of England), traducción de Miguel Temprano García. Editorial Acantilado, Barcelona, 2005.

Ÿ Chesterton, G. K. Lo que está mal en el mundo (What’s Wrong with the World), traducción de Mónica Rubio. Editorial Acantilado, Barcelona, 2008.

Ÿ Mumford, Lewis. Técnica y civilización (Technics and Civilization), traducción de Constantino Gaspar de Avecedo. Alianza Universidad, Madrid, 1971.

Ÿ Polanyi, Karl. La gran transformación (The Great Transformation), traducción de Julia Varela. La Piqueta, Madrid, 1997.

Ÿ Deyon, Pierre. Los orígenes de la Europa moderna: el mercantilismo (Le mercantilisme), traducción de M. A. Oliver. Ediciones Península, Barcelona, 1976.

Ÿ Onfray, Michel. Política del rebelde: tratado de resistencia e insumisión (Politique du rebelle), traducción de Marco Aurelio Galmarini. Editorial Anagrama, Barcelona, 2011.

Ÿ Fromm, Erich. El miedo a la libertad (The Fear of Freedom), traducción de Gino Germani. Editorial Paidós, Barcelona, 2006.

 


[1] R. H. Tawney, La religión en el origen del capitalismo (Religion and the rise of capitalism),  Editorial Dédalo, traducción de Jaime Menéndez. Páginas 27-28.

[2] G. K. Chesterton, Breve historia de Inglaterra (A Short Story of England), Editorial Acantilado; Página 110.

[3] R. H. Tawney, Íbid; página 31.

[4] G. K. Chesterton, Íbid; página 99.

[5] G. K. Chesterton, Íbid; página 108.

[6] Werner Sombart, El Burgués (Der Bourgeois), Alianza Editorial; página 24.

[7] Según la terminología establecida por Karl Polanyi.

[8] R. H. Tawney, Íbid; página 74

[9] R. H. Tawney, Íbid. Página 38.

[10] R. H. Tawney, Íbid. Página 68.

[11] Michel Onfray, La política del rebelde: tratado de resistencia e insumisión.Traducción de M. A. Galmarini. Editorial Anagrama. Barcelona, 2011. Página 112.

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