Antropología·Fragmentos·Historia·Sombart

El Burgués, Werner Sombart

“La intervención de factores espirituales o psíquicos en la vida económica es tan evidente que negarlo equivaldría a no reconocer que las aspiraciones humanas en general se apoyan en un sustrato psíquico”.

“En lenguaje metafórico podríamos hablar de la vida económica como compuesta de un cuerpo y de un alma. Las formas en que se desenvuelve la vida económica (formas de producción, de distribución, organizaciones de todas clases, en cuyo marco el hombre satisface sus necesidades económicas) constituirían el cuerpo económico, del que también formarían parte las condiciones externas. A este cuerpo se contrapone el espíritu económico, el cual comprende el conjunto de facultades y actividades psíquicas que intervienen en la vida económica: manifestaciones de la inteligencia, rasgos de carácter, fines y tendencias, juicios de valor y principios que determinan y regulan la conducta del hombre económico”.

“El hombre precapitalista es el hombre natural, el hombre tal y como ha sido creado por Dios, el hombre de cabeza firme y piernas fuertes, el hombre que no corre alocadamente por el mundo como nosotros hacemos ahora, sino que se desplaza pausadamente, sin prisas ni precipitaciones. Y su mentalidad económica no es difícil de descubrir, puesto que se deriva directamente de la naturaleza humana”.

“No cabe duda de que el ser humano ocupa el centro de todo esfuerzo y preocupación. Es la medida de todas las cosas: menusra omnium rerum homo. Pero con ello queda determinada ya al mismo tiempo la posición del hombre ante la economía: esta, como toda la obra humana, se halla al servicio de los objetivos humanos. […] El punto de partida de toda actividad económica lo constituyen las necesidades humanas, es decir, su natural necesidad de bienes”.

Acerca de la naturaleza de las necesidades en la sociedad precapitalista: “La necesidad misma no viene fijada por el capricho del individuo, sino que en el transcurso de los tiempos ha ido tomando en los diferentes grupos sociales una magnitud y una forma determinadas, que aparecen ahora como dadas. Tal ocurre con la idea del sustento según la posición social que domina en toda la conducta económica precapitalista. Lo que la vida había ido moldeando en el curso de una lenta evolución recibe después de las autoridades del Derecho y de la Moral su consagración como precepto”.

“Es necesario que las relaciones de la persona con el mundo externo de los bienes se sometan en alguna forma a una limitación y una norma”.

“La gran masa del pueblo, que no disponía nunca más que de medios muy limitados, se vio obligada en la era precapitalista a mantener un continuo equilibrio de gastos e ingresos, de necesidades y bienes, anteponiendo, desde luego, también en este caso, las necesidades que estaban fijadas tradicionalmente y a las cuales había que satisfacer. Esto condujo a la idea de la subsistencia, que imprime su carácter a toda la institución económica precapitalista”.

En la Edad Media, “La forma y el volumen de cada una de las economías vienen determinados por la índole y dimensión de la necesidad tradicionalmente admitida. El objeto de toda actividad económica es al satisfacción de esta necesidad”.

“La preocupación fundamental y constante de todo auténtico artesano o amigo del artesanado es ésta: el oficio debe servir para alimentar a su sujeto. Este va a trabajar cuanto sea necesario para ganarse el sustento; como los artesanos de Jena (de que nos habla Goethe), tienen “casi siempre el sentido común suficiente para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre”.

“El espíritu de esta economía, tan ajeno a toda aspiración de conseguir una ganancia, […] todo ánimo de lucro, toda codicia, intentara satisfacerse fuera del nexo de la producción y del transporte mercantiles, e incluso, en gran parte, fuera también del marco comercial. Se corre a la minas, se practica la alquimia y toda suerte de artes mágicas con el fin de conseguir dinero, al no poder hacerse con él dentro del marco de la economía cotidiana”.

En la Edad Media se da “la relación puramente cualitativa de los sujetos económicos con los bienes. No se establece todavía (hablando en términos actuales) ninguna clase de valores de cambio (que están determinados de manera puramente cuantitativa) sino sólo bienes de consumo, es decir, objetos que se distinguen cualitativamente. El trabajo del auténtico campesino, al igual que el del verdadero artesano, representa una solitaria labor de creación: se entrega a su trabajo en callado ensimismamiento. Vive en su obra, como el artista en la suya, e incluso preferiría no tener que llevarla al mercado. […] Cuando la venta llega a efectuarse, entonces la mercancía producida tiene que hacer honor a su creador; tanto el campesino como el artesano están tras sus productos y responden de ellos con su honor de artistas”.

“Por la actividad económica sienten lo mismo que el niño por la escuela, que no acude a ella más que cuando no le queda otro remedio. Ni el menor rastro de amor a la economía o a la actividad lucrativa. Tal estado de ánimo básico se deduce del conocido hecho de que en la era precapitalista el número de días festivos al año era elevadísimo”.

“Tampoco hay prisas en la ejecución del trabajo. No hay ninguna razón para exigir que se produzca lo más posible en el plazo más corto o en un plazo determinado. La duración del período de producción viene determinada por dos factores: por el tiempo requerido para producir un objeto bueno y sólido y por las necesidades naturales del trabajador mismo. La producción de mercancías es una actividad de seres humanos que ‘consumen su vida’ en sus obras. Así, pues, las obras estarán sometidas a las leyes particulares de esas personas de carne y hueso”.

“¿Cómo podríamos explicarnos el singular fenómeno del hombre económico moderno sin el peculiar curso que ha seguido la técnica, sobre todo la técnica de la producción y del transporte, durante los últimos quinientos años?”

“Los efectos que se siguen de la técnica podemos clasificarlos en dos grupos según que su acción sobre el desarrollo del espíritu capitalista sea inmediata o mediata: a aquéllos los llamaremos efectos primarios, y a estos, secundarios. Uno de los efectos primarios de la técnica consiste en despertar y ampliar el espíritu de empresa. […] Todo invento que vaya encaminado a ensanchar el marco del proceso de producción o de transporte, a base de un enriquecimiento de los medios materiales, todo invento cuya aplicación tenga como consecuencia una prolongación del proceso de producción, estimula el espíritu latente de empresa. La nueva forma de la producción de bienes, condicionada por la nueva técnica, no solo posibilita la actuación del espíritu emprendedor, sino que le fuerza a intervenir”.

“Desde que la técnica se ha dado cuenta de que es capaz de actuar sin la ayuda de la Naturaleza viva y sus fuerzas organizadoras; desde que ha logrado aprovechar la energía que a lo largo de milenios ha ido almacenando el sol en el seno de la tierra; desde que no precisa de personas de carne y hueso, ni de los campos y bosques alumbrados por el sol para llevar a cabo sus proyectos; desde que realiza su cometido con la ayuda de materias muertas y fuerzas mecánicas, desde entonces no conoce ya ninguna clase de barreras, hace posible aquello que aún ayer se tenía por imposible, levanta Ossa sobre Pelión y crea el mundo por segunda vez”

“Un despliegue tal de poder hacia el infinito tenía que ser uno de los estímulos más decisivos del espíritu capitalista. El desenfreno del actual ímpetu emprendedor solo puede entenderse si se piensa en el ensanchamiento que ha experimentado la capacidad técnica”.

Sombart acerca de cómo la técnica transforma el pensamiento del hombre: “Ante todo le hace más finalista, más consciente, es decir, despierta y desarrolla el racionalismo, elemento esencial del espíritu capitalista. Alguien ha llamado ya la atención acerca del papel que han desempeñado en todos los tiempos la técnica y las innovaciones técnicas en el desarrollo del pensamiento racional y, en especial, del racionalismo económico. […] La transformación de los procedimientos técnicos actúa sobre la conciencia como una especie de revisión de todas las circunstancias relacionadas con ellos. […] La rápida transformación de los procedimientos técnicos bastaría por sí sola para crear en el hombre una mentalidad nueva y permanente”.

“El racionalismo económico ha experimentado su desarrollo a través del racionalismo técnico. […] El racionalismo técnico influye en la estructuración de la vida económica: la técnica, concebida sobre una base científica, impone obligatoriamente el racionalismo económico. En el fondo, la ordenación de la economía privada está sometida hoy día, en la mayor parte de sus ramas, al dictado de las exigencias técnicas; se aspira a la perfección económica bajo la orientación constante hacia la técnica del proceso de producción”.

“La exacta división del tiempo, su contabilización, no fue posible hasta que pudo ser medido con precisión (de igual forma que la cuenta exacta del dinero sólo fue posible cuando la técnica permitió fabricar monedas exactas.  […] El desarrollo de la capacidad de cálculo es, pues, en buena parte obra de la técnica”.

“El ritmo acelerado del hombre económico moderno es también una secuela de las conquistas de la técnica: el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono. Como veremos más adelante, existen otras fuerzas que contribuyen a imponer este vertiginoso ritmo: la técnica lo hace posible, la técnica lo incrementa, la técnica lo generaliza”.

“No parece haber nada que se oponga a que la técnica sea corresponsable también de la peculiar orientación mental del hombre económico moderno; su concepción puramente cuantitativa del mundo. No cabe duda de que a ésta ha contribuido sobre todo la costumbre de expresar el valor de las cosas en dinero. Pero recordemos que la esencia del pensamiento científico específicamente moderno es esa misma tendencia a traducir todas las cualidades a cantidades. Como dice Kant, sólo tenemos derecho a hablar de un conocimiento conforme a las leyes de la naturaleza cuando el fenómeno en cuestión se pueda expresar mediante fórmulas matemáticas”.

Otro cambio que depende de la técnica es el “desplazamiento de los valores vitales”. A este respecto dice que “Para el hombre actual, o al menos para la juventud, la telegrafía sin hilos o la aeronáutica resultan más interesantes que el problema del pecado original o las penas del joven Werther”.

“A los grandes progresos de la técnica debemos aún otra característica del espíritu de nuestro tiempo: el valor exagerado que se atribuye a los bienes materiales. Nos hemos hecho ricos muy aprisa, nos hemos acostumbrado a la paz, la técnica nos ha proporcionado seguridad ante los horrores de la peste y del cólera: ¿qué tiene, pues, de extraño que los instintos más bajos de la persona, su gusto por el placer desenfrenado, su sentido del confort y del bienestar, hayan sofocado todo sentimiento idealista? […] Este incremento de los intereses materiales ha favorecido la actitud materialista del empresario capitalista en la medida en que ha fomentado en él, de manera esencial, el interés por las riquezas, es decir, su afán de lucro”.

“Uno de los rasgos esenciales del hombre económico moderno es ese absurdo “crear por crear”, y apuntábamos como su explicación psicológica (si es que existe) al infantil deleite que halla en el perfeccionamiento técnico. Pero esta explicación solo es válida en una era técnica. El que un empresario crea que fabricar muchas máquinas, o generadores, o anuncios publicitarios, o aeroplanos, tiene un valor en sí, el que pueda encontrar alguna satisfacción en la producción de estos objetos, […] todo ello, decimos, arranca de la tónica general que caracteriza nuestro tiempo”.

“Los medios han alcanzado la categoría de fines. Cierto es que en esta inversión de valores el dinero desempeña de nuevo un importante papel; pero también la técnica. Sus adelantos han hecho que el hombre se interesa cada vez más por el cómo se hace una cosa y cómo funciona, independientemente del para qué sirve”.

“El espíritu del burgués de nuestros días se caracteriza por su total desinterés por la suerte que corra el hombre. […] El hombre ha sido desalojado del centro de la valoración económica, que ya sólo interesa el proceso (de producción, de transporte, de fijación de precios, etc). […] Pero, ¿no es esta nueva mentalidad del sujeto económico mera consecuencia de la metamorfosis sufrida por el proceso técnico? Sabemos que la tecnología moderna ha desligado el proceso de producción de su órgano productor: el hombre. En lugar de una estructura orgánica basada en la persona viva, los procesos de producción presentan ahora una organización mecánica y utilitaria, orientada exclusivamente hacia el éxito”.

[Fragmentos extraídos del libro.]

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