2º de grado·Adam Smith·Ética·Brentano·Hume·Hutcheson·Lord Shaftesbury·Margarita Mauri

Apuntes de “El conocimiento moral, Margarita Mauri”

INTRODUCCIÓN

La pregunta por el origen del conocimiento moral se halla relacionada con la cuestión acerca del fundamento de la moralidad. El origen del conocimiento moral defendido por un autor condiciona su forma de concebir la moralidad, al tiempo que revela la concepción ontológica y antropológica en que se apoya.

Una completa exposición sobre el origen del conocimiento moral debería dar respuesta, al menos, a tres cuestiones:

1) ¿Cómo puede justificarse que algo sea moralmente bueno o malo? ¿qué camino recorremos hasta llegar a expresar -a través de un juicio moral- que algo es bueno o malo?

2) ¿Qué grado de certeza podemos alcanzar cuando juzgamos que algo es bueno o malo?

3) ¿Cómo puede o debe enfocarse -según sea el origen del conocimiento moral defendido en cada caso- la educación moral?

De los tres interrogantes, el último ha sido objeto de una menor atención, porque implica concreciones en las que los filósofos renuncian a entrar, y porque algunos planteamientos sobre el origen moral se muestran imposibles de articular una teoría de la educación moral.

La situación actual es de fracaso del intento ilustrado por fundamentar la moralidad en una razón aséptica, descontextualizada y autónoma. Las ideas ilustradas han conducido al subjetivismo emotivista del que, al parecer y por el momento, no conseguimos salir.

Cada uno de los filósofos que se exponen a continuación, desde tomas de posición distintas, se esfuerzan por hallar una base del conocimiento moral que permita la objetividad del juicio o de la decisión, y con la objetividad, su defensa racional.

CONOCIMIENTO MORAL VIA SENTIMIENTO

Los pensadores agrupados aquí son aquellos que defienden que el origen del conocimiento moral está en un sentimiento o sentido de una clase especial, llamado sentimiento o sentido moral. Relegan a un segundo plano el conocimiento racional al que se le otorga un papel secundario en el campo de la moralidad (lo que no significa que no le den importancia, ya que su intervención en algún grado es reconocida).

-Anthony Ashley Cooper, Lord Shaftesbury (1671-1713)

La ética de Lord Shaftesbury inicia el rumbo de la ética escocesa más conocida, la sentimentalista, que culmina con la filosofía de Adam Smith pasando por Hutcheson y Hume.

Desde una profunda preocupación por combatir el escepticismo moral y también las tesis de la Escuela del Egoísmo (Selfish School), Shaftesbury se opone a la filosofía de Hobbes y a la de Locke frente a las cuales mantiene la existencia de un sentido moral cuyo origen es la naturaleza humana.

Shaftesbury, que se considera un “realista moral”, califica de escéptica toda posición ética que niegue: a) la existencia real del bien, b) la existencia real de las distinciones morales y c) la existencia de la virtud. Exponentes de esta negación lo son las filosofías de Hobbes y de Locke. Hobbes añade, además, que todo lo que se ha dado en llamar “inclinaciones morales” de la naturaleza no son más que efectos de la educación y de las costumbres. Para combatir estas éticas, Shaftesbury propone la observación de la naturaleza, y el análisis de la propia mente, observación que nos lleva a concluir la existencia real de un sentido moral.

-El sentido moral (moral sense)

Toda la teoría de Shaftesbury acerca del conocimiento moral depende, en parte, de su concepción de la naturaleza humana. De las dos condiciones que toda criatura puede poseer, la buena y la mala, la condición buena es promovida por la naturaleza y buscada, a través de la inclinación, por el propio individuo, quien posee un evidente interés en su propio bien.

En razón de su pertenencia a la naturaleza, el sentido moral se constituye como primer principio de nuestra forma de ser, y ninguna naturaleza segunda (hábitos o costumbres) pueden llegar a borrar el sentido natural de la moralidad. Este sentido moral, presente incluso en la persona más perversa, consiste en sentir una atracción hacia el bien y una aversión hacia el mal.

En tanto que animal racional, sin ninguna clase de educación especial o de aprendizaje dirigido, el hombre posee un sentido natural de lo que está bien y de lo que está mal que le lleva no sólo a distinguir entre ambos, sino a buscar el bien y a alejarse del mal.

El campo moral trata la presencia de las cosas, tanto las inmediatas, como las que ya han pasado y la memoria mantiene, en la mente, como una imagen. Ante este movimiento de imágenes cuya sede es la mente, el corazón siente, valora, no permanece neutral, toma partido aprobando lo que es honesto y reprobando lo que no le parece tal. Por lo que se refiere al proceso seguido para esta valoración, calificar un acto de bueno o malo no es distinto de calificarlo de bello o deforme.

Shaftesbury se refiere a dos ámbitos del conocimiento que son paralelos, aunque diferentes: el conocimiento de los sentidos por un lado, y el conocimiento mental o moral por el otro. A cada uno de estos ámbitos le corresponden sus propios objetos. Estos objetos son los cuerpos en el caso de los sentidos, y la conducta y las acciones en el caso del conocimiento mental o moral.

El entendimiento es el que analiza la conducta y los actos que se le presentan, pero excluye de su análisis la valoración. La consecuencia de este análisis de la conducta es el conocimiento moral, encargado de la distinción entre bueno y malo, y también de la inclinación hacia lo bueno.

Junto a la preocupación por el propio bien individual, Shaftesbury afirma que también la benevolencia es una tendencia natural que lleva al hombre a estar interesado por sus semejantes. No existen diferencias entre el interés público y el interés privado, puesto que por el primero se consigue el segundo, que es el que constituye la felicidad personal [semejanzas con el pensamiento de Spinoza y la íntima relación entre bien individual y bien común].

El interés de los demás es la clave de la propia conveniencia, es el camino para alcanzar la felicidad individual. Así pues, gracias al sentido moral somos capaces de apreciar que algo es bueno diferenciándolo de lo malo y de poseer una inclinación hacia los demás.

Esta imposibilidad de adentrarnos en el proceso del conocimiento moral es lo que lleva a Leslie Stephen a considerar el sentido moral como una clase de instinto intelectual capaz de reconocer lo que no puede ser demostrado. D. F. Norton, por su parte, afirma que la explicación que Shaftesbury ofrece sobre el conocimiento del bien y del mal sugiere que éste se da por intuición (aunque el término “intuición” nunca aparezca en los textos de Shaftesbury)

-F. Hutcheson (1694-1746)

A través de sus obras, Hutcheson presenta dos perspectivas del agente racional claramente diferenciadas. Una de esas perspectivas, la que podríamos denominar “activa”, se refiere al hombre como centro de fuertes inclinaciones hacia el bien propio como hacia el bien ajeno. La otra consideración del agente racional destaca su capacidad de aprobar y censurar inclinaciones y actos, disposición que recibe el nombre de “sentido moral” y cuya existencia se cuenta entre las inclinaciones naturales. Así pues, dentro del agente racional se distinguen las inclinaciones y el sentido moral.

-Las inclinaciones (Affections)

Existen en nuestra naturaleza una serie de inclinaciones, implantadas en ella por su “gran autor” (Dios), que constituyen la parte más noble de nuestro ser; son los principios naturales. Estas inclinaciones, que Hutcheson define como “determinación previa a la razón”, son tres: a) el deseo de conocer; b) la inclinación a la belleza, en especial a la belleza moral; y c) las inclinaciones sociales.

Estas tres tendencias guardan una estrecha relación con el fin de la vida humana, fin que comprende tanto el bien particular, que es la felicidad, como el bien público o bien de los demás. Al igual que ocurre con la felicidad, las inclinaciones desinteresadas no son objeto de elección porque forman parte de la naturaleza humana.

Los fines de nuestros actos nacen de las inclinaciones, y sin esa relación de fines e inclinaciones la razón no podría operar. El hombre busca por instinto dos clases de fines: Uno de ellos es la propia felicidad del que actúa, y otro es el bien de los demás, que es el principio de la virtud. La razón no es otra cosa que la sagacidad para ver los medios más adecuados con vistas a alcanzar estos fines.

Hutcheson atribuye a la razón tres operaciones:

1) La razón propone los medios más convenientes para alcanzar el fin determinado por el instinto.

2) Valora las tendencias de los actos humanos

3) Puede dirigir las buenas inclinaciones

Sin el sentido moral, un hombre no aprobaría más que lo que fuese conveniente para sus fines particulares, aunque viese lo que es conveniente para promover el bien de los demás. El motor de la vida moral son las inclinaciones de las que nacen los fines que van tejiendo la vida moral. La razón está al servicio de los fines, para conseguirlos, aunque también sea una facultad de análisis

-El sentido moral

El sentido moral es esa capacidad que el agente racional tiene de que le afecten determinado tipo de percepciones que otros seres no son capaces de recibir. Gracias al sentido moral somos sensibles a la dimensión moral de la realidad que observamos. Como ocurre con los demás sentidos, el sentido moral es universal, y anterior a cualquier clase de educación. El sentimiento moral es originario, fijado por el autor de la naturaleza.

En tanto que capacidad, el sentido moral no puede ser a) ni una idea innata, b) ni un conocimiento, c) ni una proposición práctica. Según el planteamiento de Hutcheson, el sentido moral parece estar más cerca de ser una capacidad para captar cualidades (de actos o afectos) y de reaccionar frente a ellas, que un conocimiento previo que se aplique al objeto con el fin de poderlo valorar. Por eso, el sentido moral es, en tanto que disposición, condición de posibilidad de la valoración moral. La capacidad descubre la dimensión moral del objeto.

Los objetos que afectan al sentido moral y frente a los cuales es sensible, son los actos y las inclinaciones, tanto los propios como los ajenos.

Por el sentido moral aprobamos los actos con independencia de que éstos nos favorezcan o no. Sin este sentido sólo aprobaríamos lo que más favoreciera a nuestro interés, sin prestar atención a la virtud. Los actos que aprobamos moralmente son útiles al género humano, pero no siempre son útiles al que los aprueba: nuestro sentido moral rige al margen de nuestro interés, y valora incluso cuando no existe ninguna utilidad para nosotros.

La objetivación de la valoración moral queda garantizada por la tendencia altruista que permite un juicio independiente del efecto que produzca el acto valorado en la persona que lo ha juzgado. En el caso de la “Escuela del Egoísmo”, la objetividad del juicio moral es imposible porque el criterio aplicado en la valoración es siempre el del propio beneficio.

La capacidad de distinguir entre lo virtuoso y lo que no lo es resulta posible porque nuestra naturaleza está constituida de este modo, o porque el autor de la naturaleza ha creado al hombre así, y también porque la virtud es de suyo amable. La facilidad con que discernimos la virtud del vicio hace posible la felicidad, que se obtiene a través de la búsqueda de la virtud.

Según D. F. Norton, Hutcheson asigna tres funciones al sentido moral:

1) Disposicional: presenta el sentido moral como una disposición que nos permite ser receptivos a las diferencias morales que hay entre los actos.

2) Motivacional: El sentido moral también nos inclina a actuar en base a las diferencias morales percibidas.

3) Cognitivo: El sentido moral es semejante a los sentidos externos, que también son cognitivos. Las cualidades captadas por por el sentido moral están en los actos y/o en los agentes.

Aunque el sentido moral sea común a todos los hombres, su universalidad quizá no pueda asegurar la universalidad de la valoración. Esto plantea interrogantes que Hutcheson resolverá con poca exactitud.

-La bondad moral

El bien moral es la cualidad aprehendida por el sentido moral en las acciones. Esta aprehensión determina en el observador, que no obtiene de la acción percibida ningún provecho para sí mismo, la aprobación hacia la acción, y el amor hacia el agente. La doble inclinación del hombre hacia el bien privado y el bien público, le permite aprehender una cualidad, la bondad moral, que está en los actos, aunque esta cualidad no le beneficie.

A diferencia de lo que ocurre con el bien moral, bien que aprobamos con independencia de como revierta en nosotros, la calificación de “bien natural” o “bien útil” solo se la damos a los objetos que nos procuran placer. Este placer se busca por interés o amor propio porque su valoración es subjetiva. El bien moral, en cambio, se valora objetivamente.

-David Hume (1711-1776)

Hume comparte con sus predecesores la afirmación de un sentido moral que da origen al conocimiento moral y, como ellos, aunque de una forma un tanto más radical, mantiene que la razón es esencialmente teórica, y que la praxis es el reino de los sentimientos y los deseos. Partiendo de esta posición inicial, Hume desarrolla una ética en contra de todos los filósofos que afirman que la moralidad está basada en la razón.

Para él, la valoración moral surge espontáneamente en el sujeto, puesto que éste posee las naturales disposiciones para que nazca ese sentimiento ante la presencia del objeto.

-Razón y pasión

Hume distingue en el hombre dos facultades con ámbitos de operación y funciones diferentes: estas facultades son la pasión, facultad conativa de la que proceden deseos y voliciones, y la razón, facultad cognitiva que origina creencias. Pasión y razón son dos clases de estados diferentes, que, al menos en un sentido, se hallan separados, pues la razón nunca puede producir ni una pasión ni una acción.

A la razón pertenece:

1. Tratar de la verdad y de la falsedad del conocimiento.

2. Descubrir los objetos tal y como se hallan en la naturaleza.

3. Mostrar cuáles son los medios para alcanzar la felicidad o evitar la infelicidad (aunque no estimule la acción).

La razón procede por comparación, estableciendo la verdad/falsedad por acuerdo/desacuerdo entre ideas o hechos reales. De estas comparaciones surgen los juicios factuales de verdadero/falso. La razón es representativa porque sus efectos representan otras cosas y no son, como las cosas representadas, existencias originales en el mundo real. Las pasiones, sin embargo, sí son existencias originales o modificaciones de la existencia. La contradicción solo es posible entre las copias de las cosas, no entre las cosas mismas.

La razón, por tanto, es una facultad totalmente inactiva comparada con principios como la conciencia o el sentimiento moral, que son activos, y de los cuales la razón no puede ser origen. La fuerza para la acción proviene de las pasiones, de las que la razón tiene que ser esclava. Aun así, Hume reconoce que la razón puede influir en nuestra conducta: a) excitando una pasión al presentar al sentimiento el objeto que la causa y b) estableciendo la mejor forma de conseguir los fines del sentimiento.

-El sentimiento moral: el origen de la aprobación moral

El sentimiento moral es entendido como cierta clase de gusto interno o sentido. Hume le atribuye las siguientes funciones:

1. Distingue lo moralmente bueno de lo malo

2. Acepta lo moralmente bueno y rechaza lo moralmente malo

3. Causa el sentimiento de vicio y de virtud

4. Es causa de placer/dolor y, en consecuencia, establece la felicidad/infelicidad.

5. Es un motivo para la acción.

6. Es el impulso del deseo y de la volición.

7. Los objetos del sentimiento moral son los actos y el carácter.

La aprobación no es, por tanto, un juicio racional manifestado en forma de proposición afirmativa o negativa. Se trata, más bien, de una sensación interior no expresada racionalmente, sino sentida con el corazón. En el conocimiento llegamos por inferencias a nuevos conocimientos. En lo moral, el sentimiento solo aparece previo al conocimiento de todas las circunstancias.

Del mismo modo que la belleza no es una cualidad de la esfera, pues no existe en ella esa característica, tampoco la bondad es una cualidad de los actos/caracteres, porque no hay en ellos nada lo que pueda llamársele “bueno” o “malo”. Es el efecto que el conjunto produce en una mente capaz de tener esa clase de sensaciones ante la presencia de actos. Sin que éstos posean esa cualidad, la causan en un sujeto que es susceptible de crear, no por sí solo, sino a partir de la presencia del objeto, un resultado que llamamos “bondad”. Hume desplaza la cualidad desde el objeto al sujeto, pero mantiene la necesaria presencia del objeto para que pueda darse una cualidad, nacida como impresión en el sujeto. El objeto es sólo causa instrumental.

La impresión surgida de la contemplación de un acto o de un carácter moral se nos presenta como agradable o desagradable, sensación que nos permite hablar de virtudes y vicios. De la contemplación de un acto o de un carácter se sigue en mí cierta sensación de agrado o de desagrado que me inclina a sentir ese acto como virtuoso o vicioso.

“Solo cuando un carácter es considerado en general y sin referencia a nuestro interés particular, causa esa sensación o sentimiento en virtud del cual lo denominamos moralmente bueno o malo”; es decir, la condición para que se dé esa forma especial de sentir es que en la consideración del acto/carácter yo no incluya ningún interés subjetivo, y sólo incluya el placer/dolor sentido cuando no tengo en cuenta mi interés. Esta capacidad humana de dejar al margen los intereses propios cuando se trata de valorar moralmente los motivos del agente proviene de la inclinación natural de la empatía (sympathy).

La empatía es el nexo de unión entre los sentimientos del espectador y el acto del agente moral. El proceso de aprobación, pues, sigue los siguientes pasos:

1. El agente moral realiza un acto.

2. El espectador “ve” a quién resulta útil o agradable el acto realizado por el agente moral.

3. El espectador siente empatía por las consecuencias del acto del agente moral.

4. Este sentimiento de empatía lleva al espectador a aprobar el acto del agente moral.

A estas alturas hay que distinguir entre sentimiento de aprobación y juicio de aprobación. La universalidad del juicio solo puede basarse en los juicios de aprobación, puesto que los sentimientos de aprobación varían de persona a persona y dependen de las circunstancias. Si la empatía nos mueve a interesarnos por esta persona, el juicio moral nos mueve a interesarnos por cualquier persona. Por tanto, los sentimientos de aprobación deben ser corregidos por los juicios morales. Las reglas para corregir el sentimiento moral son las siguientes:

1. Lo evaluado ha de ser siempre un acto o un carácter moral.

2. El espectador no ha de tener un interés subjetivo en la valoración.

3. El espectador ha de realizar la evaluación desde un “common point of view”.

4. El espectador tiene que estar seguro de que posee una comprensión correcta y adecuada de la situación y de los motivos del agente.

De todo lo dicho, se puede resumir lo siguiente:

-La razón participa en la elaboración de los juicios morales, formados por elementos cognitivos y no-cognitivos, estos últimos procedentes de los sentimientos morales.

-La razón, pese a participar en la elaboración de los juicios morales, no puede causar la acción ni mover a la pasión.

-La universalidad del juicio es sólo posible si el sentimiento ha sido rectificado, es decir, si es el juicio que formularía un espectador imparcial y desinteresado desde un punto de vista común.

-El conocimiento previo de los hechos es un requisito indispensable para el sentimiento moral: el conocimiento desencadena la aparición del sentimiento.

-“Bueno” no es una característica del objeto, es una valoración del espectador que expresa así su sentir respecto a los actos/carácter moral del agente moral. Ni los hechos, ni los actos, ni el agente moral son, en sí mismos, buenos. Sólo resultan buenos.

-Adam Smith (1723-1790)

Adam Smith sigue los pasos de Hutcheson y Hume, siendo crítico con ambos. Smith hace hincapié en la actividad que tiene la conciencia en el proceso de aprobación moral, e insiste más que los autores precedentes en la imposibilidad de que se pueda juzgar un acto sin que el que lo juzga comparta, internamente, el sentimiento del agente moral. Pero aunque Smith trata ampliamente de los sentimientos morales, niega, oponiéndose con ello a Hutcheson y a Hume, que exista un sentido peculiar al que pueda llamarse “sentido moral”.

Smith concede a la inducción un papel importante en la formulación de las reglas morales y, a diferencia de sus antecesores, considera decisiva la participación de la sociedad en la elaboración de esas leyes morales. Con todo, Smith seguirá defendiendo la existencia de un cierto sentido moral, origen de la moralidad.

-El sentimiento de la aprobación

En la línea de los autores anteriores, Smith afirma que existen en la naturaleza humana tendencias que la llevan a interesarse por los demás de una forma gratuita, sin esperar nada a cambio. “Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos principios en su naturaleza que le hacen interesarse por la suerte de los otros de forma que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, salvo el placer de presenciarla”.

El peso que Smith otorga a la sociedad cuando se trata de saber cómo llegamos a formar nuestros juicios morales es fundamental. Si bien es cierto que juzgamos a partir de nuestros sentimientos morales, sin embargo, es la sociedad la que corrobora la buena aplicación de esos sentimientos. En definitiva, no es otra cosa que el evitar ser censurados o el desear ser aplaudidos, lo que nos mueve a actuar de una forma o de otra. “La regla general se forma descubriendo a partir de la experiencia que todas las acciones de cierta clase, o bajo determinadas circunstancias, son aprobadas o reprobadas”.

Las reglas generales elaboradas a partir de la experiencia son fijadas en la mente por una reflexión habitual, y sirven para que cada individuo, al comparar ese acto con esa regla, refrene y corrija las tergiversaciones de su amor propio con el fin de hacerle ver qué es lo más conveniente en su situación. Esas reglas generales son “cargas de experiencia” que sólo devienen universales por haber sido inducidas de la experiencia. En este punto Smith hace intervenir a la razón: “La inducción siempre ha sido considerada como una de las operaciones de la razón”.

Smith acepta la afirmación de que la razón es causa y principio de la aprobación y de la reprobación moral, pero niega, en cambio, que las percepciones primarias de lo bueno y de lo malo procedan de la razón. Estas percepciones son objeto de un sentimiento que nos da a conocer si un objeto es por sí mismo agradable o desagradable. Lo que conduce al observador a aprobar o reprobar el acto de otra persona es el placer o dolor de su contemplación captados por el sentimiento, no por la razón. Sin embargo, Smith pone el origen de la aprobación y la reprobación en la razón. ¿Cómo se resuelve la aparente contradicción de estas dos afirmaciones? Así: si bien la aprobación la determina el placer, el juicio racional de que una acción es virtuosa depende del hecho de entender que esa acción proporciona ese placer.

“Aprobar las pasiones de otra persona, en tanto que convenientes a sus objetos, es lo mismo que observar que empatizamos en todo con ellas; y no aprobarlas como tales, es lo mismo que observar que no simpatizamos de ningún modo con ellas”. Empatizar es compartir los sentimientos de los demás, es la facultad de participar en las emociones de los otros.

El sentimiento de aprobación de un acto contiene dos elementos diferenciados:

1. Por un lado, la pasión empática del que aprueba.

2. Por otro lado, la emoción agradable que nace de la coincidencia observada entre la pasión empática del que juzga y del agente moral. En este último elemento, dice Smith, es en el que el sentimiento de aprobación consiste propiamente.

En Smith la aprobación moral no tiene relación, como en otros autores, con las consecuencias de la acción, sino más bien con una relación emocional que se da entre el agente y el espectador. La empatía a la que se refiere Smith ha de ser la “empatía imparcial”, que no es otra que la que un observador desinteresado siempre por el acto de otra persona.

-Recapitulación

Es común al conjunto de estos filósofos un rechazo de todas las teorías que supongan un conocimiento previo a la experiencia, un conjunto de saberes afirmados a priori. La experiencia, y por tanto, la inducción, se erige en el método seguido para alcanzar unas conclusiones cuya validez se apoya, en parte, en la experiencia, y en parte, en la facultad que hace posible esa experiencia de lo moral.

El punto de partida del método inductivo ha de ser el análisis de la naturaleza humana que descubre, más allá de conclusiones sin fundamento, cuál es la posibilidad y alcance del conocimiento, conocimiento moral en este caso.

Partiendo de esta observación de la naturaleza humana, los sentimentalistas descubren un conjunto de inclinaciones y de capacidades que pasan a llamar, en virtud de su origen, naturales. Así, es indiscutible que en el hombre se dan dos clases de inclinaciones: la tendencia del amor propio, que le lleva a buscar su propio interés y, junto a éste, la inclinación, también natural, a interesarse por el bien de los demás.

CONOCIMIENTO MORAL VIA INTUICIÓN

Mientras que para los sentimentalistas escoceses los objetos reales percibidos son los que causan, a través del sentimiento, diferentes estados afectivos, en Brentano y en Scheler la referencia al objeto es siempre indirecta: es la presencia del objeto en la conciencia lo que permite la intuición, verdadero camino de acercamiento a lo moral.

La preocupación de los autores alemanes se dirige a combatir un doble enemigo: las éticas subjetivas, por un lado, y la ética formal kantiana, por el otro. El interés que mueve estas críticas es la necesidad de afirmar una ética que sea universal (al igual que Kant y contra los subjetivistas) y material (contra Kant) a la vez.

-Franz Brentano (1838-1917)

Brentano rechaza, como R. von Ihering hizo siguiendo a Locke, que exista algún tipo de conocimiento moral innato. Sin embargo, se distancia del autor alemán cuando afirma que existen principios morales universalmente válidos. Estos principios, afirma Brentano, vendrían a ser como el teorema de Pitágoras que, aun siendo universalmente válido, no es, por universal, innato.

-El sentimiento de amor/odio

¿Qué es lo que confiere validez a un acto? o en términos empleados por Brentano, ¿cuál es la sanción natural de lo moral?

La sanción natural de una conducta no puede ser el impulso sentimental que el agente sienta hacia una forma de actuar y que acaba por establecerse como costumbre, ya que existen impulsos establecidos como costumbres que no pueden ser sancionados. El impulso sentimental causa la acción, pero no le confiere validez, así como tampoco justifican la acción ni la esperanza de una compensación futura ni el temor: de ser así, estaríamos poniendo la sanción natural en los actos de los demás, en aquellos que nos premian o castigan.

Queda también descartada como sanción natural de lo moral la ley imperada por la sociedad o la ley que procede de una voluntad superior a la humana. De aceptar como sanciones naturales esta clase de leyes (positivas o divino-positivas), tendríamos que preguntarnos todavía si esa ley está o no está justificada, puesto que el cumplimiento o aceptación de la ley no conlleva su validez. También rechaza lo estético como criterio de elección moral; Brentano admite que la verdad y la falsedad van acompañadas de lo bello y de lo feo respectivamente, pero éstos no son los criterios de aquellas.

Esta es la primera de las notas características de la teoría del conocimiento moral brentaniana, que la sanción natural de nuestras acciones es interna. Y puesto que este es su origen, Brentano recurre a la psicología descriptiva para determinar el origen exacto del conocimiento moral.

Siguiendo a Aristóteles, el autor afirma la existencia de un fin último que justifica todas nuestras elecciones. Y puesto que los fines últimos pueden ser varios, está claro que hay que escoger el mejor de entre los accesibles. La elección de este fin es la tarea verdaderamente moral.

El concepto de “bueno”, como cualquier otro concepto, tiene su origen en ciertas representaciones concretas intuitivas. Las representaciones intuitivas de origen psíquico son referencias intencionales “a algo que, acaso, no sea real, pero que, sin embargo, está dado interiormente como objeto”.

Atendiendo a la clase de referencias intencionales de que se trate, Brentano las clasifica en a) Representaciones, b) Juicios y c) Emociones.

Estos tres actos psíquicos de la conciencia intencional, de índole diversa, tienen en común la in-existencia intencional del objeto. En toda referencia intencional se dan tres elementos: a) el que piensa; b) aquello que se piensa (lo que es pensado), y c) cómo se piensa lo pensado. Aquello que se “aparece” y que constituye la base de las Representaciones hace posible el Juicio, en tanto que lo representado es admitido (como verdadero) o rechazado (como falso). La tercera clase de referencia al objeto, la emotiva, viene determinada por el amor/odio que se asocia a los fenómenos representativos.

De todos los fenómenos psíquicos, la Representación es el más independiente porque sólo está condicionado por su objeto, y con el sujeto mantiene solo la relación de darse en su conciencia. A partir de las Representaciones surge el Juicio, cuya intencionalidad ya no es simple. En los Juicios, el sujeto se implica con las Representaciones a través de admitir como verdadero o falso el objeto representado. Esta es su característica esencial. En los Juicios, por tanto, se admiten o rechazan las Representaciones, y por eso constituyen una segunda referencia intencional al objeto. Así, si digo “Dios” nombro una Representación, pero si digo “Dios existe”, enuncio un Juicio.

Las Emociones, tercera clase de las representaciones intuitivas, son referencias intencionales por las que se expresa amor (o agrado) y odio (o desagrado) hacia el objeto representado. Las Emociones no son, por tanto, juicios de conocimiento, sino de valoración. Son el grado más complejo y dependiente de relación con el objeto, ya que el sujeto se implica directamente a través de su volición.

Representación y Juicio son dos modalidades distintas de referencia intencional al objeto. La forma de estar el objeto en la conciencia es la misma, pero la posición del sujeto con respecto a este “estar” en la conciencia es diferente: en la Representación solo se halla en la conciencia las características del objeto con la intensidad del propio fenómeno. En los Juicios sobre las Representaciones se da, en cambio, la intensidad de la certeza en la afirmación o la negación que se hace de la Representación. Existe, por tanto, conocimiento. Por último las Emociones expresan la relación del sujeto con el objeto, y en ellas se da la intensidad de la tendencia del sujeto hacia algo. También aquí se da un conocimiento, pero es de tipo moral.

A partir de los Juicios y de las Emociones se originan los conceptos de “verdadero”, “falso”, “malo” y “bueno”. La simple presencia del amor no prueba que lo amado sea bueno: es el análisis de los juicios en sí mismos y no la actitud del sujeto con respecto a ellos lo que determina su evidencia.

En el ámbito afectivo se dan dos clases de agrado/desagrado:

a) Agrado/desagrado de tipo inferior: Esta clase de sentimiento nace cuando lo apetecido es objeto de una inclinación instintiva o habitual. Nuestra reacción de agrado/desagrado ante los sabores, por ejemplo.

b) Agrado/desagrado de tipo superior: En este caso el amor/odio se manifiesta hacia algo universalmente admitido, porque el objeto de ese apetito es amado (por todos) y amable (por sí mismo). Como ejemplo, Brentano cita el deseo de saber.

Brentano parece diferenciar estos dos apetitos por la Representación a que refieren el agrado/desagrado. Es deseado instintivamente el objeto del apetito inferior, y es amado correctamente, en cambio, el objeto del apetito superior. La experiencia interior, aludida de nuevo, ha de mostrarnos la distinción: “La decisiva aclaración ha de consistir, pues, para esto como para cualquier otro concepto, en la alusión a dicha experiencia”.

Tal y como el conocimiento moral queda determinado, su definición deja fuera la relación directa con el objeto real, que sólo existe de forma mediata en la Representación. No conocemos la cualidad de “bondad” en el objeto, deducimos la bondad del objeto por la clase de amor (correcto) que sentimos hacia él.

Lo preferido correctamente es lo mejor. El autor señala tres criterios de preferencia:

1. Preferir lo bueno y conocido como bueno a lo malo conocido como tal.

2. Preferir la existencia de algo conocido como bueno a su no-existencia, y preferir la inexistencia de algo conocido como malo, a su existencia.

3. Preferir un bien completo o la suma de bienes a una de sus partes.

El conocimiento moral no se sitúa en la relación sujeto-objeto, sino en la de sujeto-objeto-representado, por la vía de la aceptación o rechazo que el objeto hace surgir en el objeto. Lo cierto es que la presencia del objeto representado en la conciencia no deja indiferente al sujeto, más bien, lo mueve a un agrado/desagrado que, cuando es correcto, da a conocer que el objeto es bueno/malo. Se califica, por tanto, el objeto de “bueno” o “malo” por los sentimientos correctos que se encuentran en el sujeto. A partir de ahí, el sujeto, traspasando ya los límites de la conciencia intencional, dice del objeto que es bueno, y desde el mismo objeto, que es digno de ser amado.

El objeto, en tanto que representado, despierta un sentimiento de amor/odio que sirve para calificarlo como “bueno” o como “malo”. El objeto, que en sí mismo no posee especificación, es llamado “bueno” o “malo” desde el sentimiento. Esto no significa que el objeto sea bueno en sí mismo, para nada; a pesar de esta negativa, Brentano afirma que el objeto es “digno de ser amado”. El sentimiento que ha dado origen al conocimiento moral, nos permite saber que el objeto es bueno y decir que es digno de ser amado, pero la razón de su amabilidad se halla en el sujeto, en un sujeto universal.

El bien no está en el acto ni en el objeto, sino en la relación afectiva. Brentano afirma la bondad del objeto por los efectos que tiene sobre el sentimiento su representación en la conciencia. No cabe afirmar la bondad del objeto como justificación del amor que despierta en el sujeto. El amor nace porque el objeto es “digno de”. Luego, el sentimiento da testimonio de la bondad del objeto y es este sentimiento el que constituye, y no el objeto, el origen del conocimiento moral. considerando que el objeto no causa los sentimientos aunque éstos nazcan de su representación.

[Apuntes sacados del libro “El origen del conocimiento moral” de Margarita Mauri].

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